Aula Universaletras

Ofrecemos una serie de lecturas con sus actividades que fueron dictadas en algunas escuelas de la Zona Sur de CABA.

Caín y Abel

Caín y Abel, dos hermanos enfrentados

           Introducción

       Los eruditos que interpretan este mito como una crónica de los conflictos existentes entre pastores nómadas y agricultores en la antigua Palestina no explican por qué, si es así, Caín no era un pastor nómada —y por ello dispuesto a robar y asesinar al campesino pacífico—, sino un campesino, mientras que Abel era el pastor. En el Génesis se indica que Caín sintió celos porque la oblación de Abel había sido preferida a la suya. Pero como el ritual del Templo del pueblo hebreo exigía ofrendas de cereales además de sacrificios de víctimas, los antiguos comentaristas creían que se debía encontrar alguna explicación a la preferencia de Dios por la ofrenda de Abel o, si no, algún motivo distinto a los celos para explicar el asesinato. No estaban dispuestos a admitir que Dios podría haber obrado arbitrariamente, negando al primogénito la precedencia debida por ley y favoreciendo a un hijo menor, como un caudillo patriarcal podría favorecer al hijo de su esposa más hermosa. La preferencia de Jacob por José, un hijo menor, por ejemplo, fue uno de esos casos; y sus hermanos conspiraron para matarlo.
         Los acontecimientos históricos en los que se basa este mito pueden reconstruirse del siguiente modo. Durante un período de sequía, algunos pastores hambrientos invaden una zona agrícola determinada, donde son admitidos como huéspedes que deben pagar tributo. Posteriormente exigen participar en el gobierno. Ambas partes ofrecen sacrificios simultáneos a la deidad estatal. Esta muestra su preferencia por la ofrenda del jefe de los pastores; en vista de ello, el jefe de los campesinos, ayudado por sus parientes maternos, lo asesina. En consecuencia, los campesinos son expulsados y más tarde fundan una ciudad-estado en otro lugar. Esta situación política ha sido muy común en el África Oriental durante siglos: pastores intrusos, que al principio se presentan como suplicantes hambrientos, consiguen el poder político después de provocar un antagonismo encarnizado al dejar que sus animales pisoteen los cultivos.
         El tema del fratricidio supone una complicación adicional. Hay muchos ejemplos de esto en la literatura de las culturas circundantes que transforman el motivo de “los hermanos rivales”, justamente en un motivo en la producción narrativa de la zona. Lo que la mujer sagaz de Técoa dijo a David era un mito común (2 Samuel 14,6): «Tu sierva tiene dos hijos. Se pelearon en el campo, no había quien los separase y uno hirió al otro y le mató». Zéraj y Peres incluso lucharon en el vientre de su madre (Génesis 38,27-30); lo mismo que Jacob y Esaú (Génesis 25, 21-24). La mujer disputada parece haber sido siempre una princesa reinante de un estado matrilineal y el casamiento con ella confería la dignidad real al vencedor. A veces los rivales son tío y sobrino, como en el caso de Set y Osiris.
          Un antiguo mito palestino, comparable al de Caín y Abel, y al de Esaú y Jacob, se ha conservado en una traducción griega de la Historia Fenicia de Sanchuniathon realizada por Filón. Usóus e Hypsouranius, héroes engendrados con rameras sagradas por Pyr y Phlox, hijos de Phos, ‘Fuego y Llama, hijos de la Luz’, estaban siempre enfrentados. Usóus, el primer cazador, descubrió cómo hacer túnicas de piel. En ello se parece a Caín y Esaú. Se dice que Samemroumus —cuyo nombre Filón traduce como Hypsouranius, correspondiente al hebreo shme marom ‘Alto Cielo’— inventó las tiendas hechas con cañas. En eso se parece a Yabal (Génesis 4,20), ‘padre de los que habitan en tiendas y crían ganado’, a Abel, que era pastor de ovejas (Génesis 4, 2), y a Jacob, ‘un hombre muy de la tienda’ (Génesis 25,27).
          De similar manera, el mito de Caín y Abel puede ser una versión de aquel de los míticos héroes griegos Agenor y Belo. A su vez, Agenor y Belo representan las formas griegas de Canaán y Baal respectivamente, estos últimos de la cultura Cananita.
        Se decía que estos hermanos gemelos de Posidón y Lamia habían nacido en Egipto, de donde Belo expulsó a Agenor. Belo engendró entonces otro par de gemelos: Dánao y Egipto, cuya disputa se prolongó cuando las hijas de Dánao asesinaron a los hijos de Egipto.

Caín y Abel

         Los nacimientos de Caín y Abel

    Cuentan quienes aún recuerdan los antiguos relatos y canciones que luego de que Dios creara a la humanidad, comunicó sus planes de dejar que Samael dirigiera el orden del mundo. Este, sin embargo, al observar la creación, detuvo su mirada y sus pensamientos en Adán y Eva. Los vio relacionarse íntimamente y disfrutar de un gozo y un placer que él jamás podría disfrutar. Esto le causó unos celos, al principio imperceptibles. Parecía una incomodidad desconocida, pero a medida que el tiempo avanzaba, esa sensación se transformó en deseo, deseo de obtener lo que no le había sido destinado. Luego, en un imparable torrente de celos, envidia y rencor.
        Sintió entonces el pavor, el vértigo, una excitación desconocida pero intrigante y muy deseable. Una idea fugaz cruzó por su mente. Esta idea no fue pasajera, sino que se enquistó en su pensamiento, comenzó a crecer, echar raíces, tomar forma y robustecerse: “Destruiré a Adán, me uniré con Eva y gobernaré de verdad.”
      Samael podía cambiar de forma. Un ser angelical no se mostraba como tal a los humanos, sino que tomaba su forma carnal para no causarles un daño permanente. La gloria y majestuosidad de los ángeles no se comparaba con la de su creador, pero era imposible de contemplar por ojos humanos. De modo que, un día como cualquier otro, después de que Adán y Eva se entregaran al placer de su sexualidad, esperó que se durmieran. Dirigió un susurro hacia el varón para extender su sueño. Cuando Eva despertó, fue a refrescarse en las aguas del Éufrates, no muy lejos de donde había estado dormida con su pareja. Samael esperó que se encontrara sola y distraída. Eva se metió en el río que corría fresco y cristalino. Sentía la frescura del agua acariciar su piel. Era suave, diamantina, fresca, perfecta. Mientras estaba absorta en estos pensamientos, vio que su varón venía hacia ella. Él le clavo la mirada y ella la recibió. Devolvió su mirada desafiante y seductora. Adán se acercó, extendió sus brazos para tomarla, ella extendió los suyos. Juntos disfrutaron de la libertad que tenían, el placer parecía ser su única emoción, la única ocupación.
       Sin embargo, Eva sintió una potencia desconocida hasta ese momento en Adán. Este se movía con más poder, más fuerza, más vigor. Eva lo disfrutaba. Adán exultaba un furor divino. El placer para ambos había durado más de lo habitual. El juego había terminado. Ambos se tendieron en la rivera del río. Sus pies eran mojados por la diamantina y fresca agua del Éufrates. Eva se quedó dormida. El varón dirigió un susurro a Eva para extender su sueño y se retiró.
      Eva abrió lentamente sus ojos, se sentía como desvanecida. Una mano la movía suavemente y la acariciaba con libertad. Era Adán. Al darse la vuelta, extendió los brazos para abrazar el cuello de él. Cuando ambos estuvieron abrazados, Eva sintió algo distinto. Algo nuevo en su interior. Era una sensación apenas perceptible. Algo había cambiado en su interior. Miró a Adán, y este descubrió en esa mirada, una expresión desconocida hasta el momento. Adán devolvió una mirada de extrañeza.

        El vientre de Eva crecía a medida que pasaban los días. Adán olía, escuchaba, tocaba. ¿Qué era lo que estaba pasándole a Eva? Con el paso del tiempo, Adán sintió los movimientos acompasados dentro del vientre de su mujer. Comprendió entonces que Eva tendría un hijo. Había visto a las otras criaturas pasar por el mismo proceso. Un relámpago exultante de felicidad inundó a Adán. No dejaron de disfrutar de todo lo que tenían a su alrededor. Todo era más intenso ahora. Más que perfecto para ambos, pues eran una sola carne y compartían muchas sensaciones.
          Cumplido el tiempo, llegó el alumbramiento.
       Eva condujo a su pareja hasta las orillas del Éufrates, donde había sido concebido el primer hijo de la humanidad. Así, en tranquilidad, rodeada de aquello que más amaba en este mundo, Eva dio a luz.
        Ambos miraron el rosto resplandeciente de la criatura. Habían traído al mundo un niño que les parecía en armonía con la perfección que los rodeaba. Sin embargo, ese ansiado acontecimiento no salió como lo habían imaginado. La creación entera aguardaba exultante que el primer hijo de Adán y Eva trajera un regocijo sumo al mundo. Pero, muy al contrario, el silencio reinó, un silencio inquietante, largo, profundo, intenso que llegaba hasta las raíces de los árboles más antiguos del Jardín. Esta sensación inquietó a los padres noveles.
     Luego miraron al recién nacido. Observaron que el rostro del infante tenía un brillo tenue que les recordaba a Dios, su creador. Entonces, ambos se dieron cuenta de que Adán no era el padre del niño. Eva, en su inocencia, exclamó:

       — ¡He adquirido un varón con el favor de Jahvéh!

        En ese momento, una leve sombra cruzó los ojos de Adán. Eva nombró Caín a su hijo.

     La incertidumbre cedió paso al gozo del primer hijo nacido de mujer en el mundo. Las sombras se esfumaron. La creación recobró su ritmo y brillo habitual. Una paz perfecta reinaba en la nueva familia, en el divino jardín.
     Tiempo después, Eva y Adán volvieron a unirse y ella concibió nuevamente. Mientras transcurría el tiempo del embarazo, ella tuvo un sueño terrible. En este veía a Caín bebiendo la sangre de Abel y rechazando su apenada súplica de que le dejara unas pocas gotas. Cuando Eva contó a Adán su sueño, él dijo:

        —Debemos separar a nuestros hijos.

      Cuando llegó el momento del alumbramiento, Eva, recordando su sueño, nombró Abel a su hijo, pues su vida sería un soplo, fugaz como el viento.   

          Los celos de Samael

         Habían pasado algunos años desde el nacimiento de Abel. La familia de Eva estaba feliz, disfrutaba de la bienaventuranza, el brillo, la perfección imperecedera de Edén. Nada les faltaba, todo era dicha y paz inquebrantables.
     Samael miraba esa vida con un resentimiento tan incrustado en su mente que la corroía. No podía soportar el hecho de que su hijo, Caín, viviera sin saber que él era su padre.
        Samael había discutido con los vigilantes dedicados a proteger a la humanidad. Regüel, el protector de la armonía de la creación y la humanidad, había sentido ese pulso funesto con el nacimiento de Caín. En aquel momento, percibió que un poder distinto del creado por Dios había sido introducido en el mundo. Sintió en el primogénito la esencia de Samael y lo confrontó directamente. Samael no pudo negarse. A pesar de que era el más brillante de todos los vigilantes, tuvo que confesar. Era inútil ocultar la verdad de lo ocurrido. Como era de esperarse, Rafael, el encargado de vigilar la sanidad y el bienestar de la creación, había detectado el cambio en su estado. Su salud había cambiado, la eternidad de la vida creada había comenzado a desvanecerse. Y Azrael despertó. Súbitamente, tuvo un propósito y entró en la existencia de la creación.
        El despertar de Azrael, el ángel de la muerte, atrajo la atención del creador quien fue informado de inmediato de la traición de Samael. Entonces Dios lo reprendió y maldijo su traición. Prohibió a sus ángeles repetir el acto de Samael a quien quitó, como “recompensa” por sus acciones, el brillo supremo y la supremacía de los guardianes de la humanidad. La humillación que sintió Samael fue aún peor cuando Dios decidió entregarle a Adán la misión de sojuzgar la creación, administrarla y hacerla prosperar. Le había quitado el mandato que otrora le otorgara como administrador de la vida creada en la tierra. Desde ese momento, los creados del polvo de la tierra tendrían el control absoluto sobre el mundo.
         Samael quedó muy herido por esa decisión. Se rebeló contra ese designio. Entonces, descendió al Huerto con la intención de destruir a Adán. En su pensamiento, Eva era perfecta y merecía estar con él. El podría encargarse de guiar la familia para administrar la creación.
         Entonces, quien otrora fuera el más brillante de los guardianes de la humanidad, urdió un plan siniestro. Se transformó en una serpiente y se introdujo una vez más en Edén. Se escurrió hasta el Árbol del bien y del mal y esperó a que Eva anduviera cerca. Cuando ella se acercó, desprevenida, él brilló con intensidad y clavó su mirada en la de la mujer. Eva recordó fugazmente y se acercó en un éxtasis. Allí, con los sentidos nublados conversaron. Lentamente, iba convenciendo a Eva de que comiera de ese fruto para alcanzar sabiduría y ser como su creador.

       — ¿Es verdad que Dios les ha dicho que no pueden comer de ninguno de los árboles que hay en el huerto?
       —No. Claro que no. Podemos comer de todos los árboles del Huerto, solo no podemos comer del Árbol del bien y del mal. Él nos dijo que, si comiéremos de este árbol, ciertamente moriríamos.
        — ¿Que morirán? ¿Qué significa que morirán?
        —Pues, no lo sé. Aún no nos lo ha enseñado.
      —Pues, no puede ser algo malo. Comen del Árbol de la vida cada día. Y viven siempre jóvenes, fuertes, sanos. Nada les preocupa. Pueden disfrutar de la perfección del Huerto.
        —Es verdad.
        —Los frutos del Árbol de la vida son deliciosos, ¿verdad?
        — ¡Sí! ¡Son deliciosos!
       —Pues no creo que Dios creara algún árbol que pudiera hacerles daño. Además, si no pudieran comer de él, ¿por qué lo dejaría al alcance de la mano?
       —No lo sé.
       —Mira sus frutos, Eva. ¿No son brillantes, maduros siempre, deseables, deliciosos?
       —Pues, sí. Pero nunca los he probado, ¿Cómo podría saber si son deliciosos?
       —Pruébalos. ¿Qué mal podría causarte?
       —No lo sé. No quisiera desobedecer…
     —Nada va a pasar. Mira, yo estoy en el árbol siempre y he comido de sus frutos. Aquí sigo, no me ha pasado nada parecido a morir.
       —Bueno, si has comido y aún estás aquí… no debería pasarme nada malo…
      —Pruébalo. Verás que es delicioso. Además, conoceréis todo lo que Dios sabe. Seréis como él. ¿No crees que Dios se sentiría alagado si fuerais tan sabios como él?
       —Creo que tienes razón.
       —Prueba el fruto Eva, aprende a conocer el bien y el mal. La fruta es deliciosa y su sabor más dulce que el fruto del Árbol de la vida.

     Y así fue. Eva miró el fruto, vio su color brillante. Un color brillante y vivo que se le antojó perfecto. Extendió la mano. Lo tocó. Lo sintió fresco. Lo apretó suavemente y tiró de él. La sacudida soltó un aroma que penetró perfecto todos sus sentidos. Las hojas de la rama danzaron acompasadas y en paz, mientras esta volvía tranquilamente a su lugar. Eva acercó el fruto a su rostro y lo olió. Quedó embriagada por su aroma. Cualquier duda se había disipado. Abrió la boca, acercó el fruto a sus labios y lo mordió con un gran deseo y determinación. Lo saboreó y lo tragó.
       Luego, llamó a Adán para que lo probara también y les fueron abiertos los ojos. Se dieron cuenta de que estaban desnudos y sintieron vergüenza.
      La energía que desató ese acto sacudió a toda la creación y llegó hasta el cielo. Para nadie pasó inadvertida la conmoción universal. Algo innegablemente fatal había sucedido. Algo estaba roto. Parecía que algo había muerto.

      Esa tarde, Dios había descendido al huerto para hablar con Adán. Como no los encontraba los llamó y ambos salieron a su encuentro. Al verlos, Dios entendió lo que había pasado y los miró con suma tristeza. Desobedecer los mandatos del Creador nunca traía buenas nuevas.
      Una maldición cayó sobre ambos, y por ellos, también a sus hijos. Así, la familia de Eva fue expulsada del jardín y tuvieron que trabajar la tierra para obtener alimento. La creación se había enemistado con ellos.
      En cuanto a la serpiente, fue condenada a arrastrarse comiendo polvo el resto de sus días. En un solo instante, Samael, había caído hasta lo más bajo. Una forma de existencia que prácticamente lo convertía en un paria. Su existencia quedaba indiscutiblemente ligada a los límites de la creación.
       Cuando fueron creados y puestos en Edén, Dios les había dicho que no podían comer del Árbol del bien y del mal. Ellos podían comer de todos los frutos que allí crecían, incluso del árbol de la vida. Ahora, ya no comerían de ninguno de los frutos de los árboles de Edén, tampoco del fruto del árbol de la vida.
       Para asegurarse de que no pudieran estirar la mano y tomarlo furtivamente y vivir para siempre, les fueron cubiertos los ojos y no pudieron ver nunca más donde estaba Edén. El jardín permanecería oculto a los ojos de la descendencia de Adán y Eva. Como medida preventiva, Dios puso espadas incandescentes que guardaban todos los caminos al árbol de la vida. Nadie volvería a comer de él jamás. La creación había quedado sujeta a un ciclo sin fin de muerte.

            El sueño de Caín

          A medida que los niños crecían, también creció una rivalidad entre ellos. Sus padres siempre les habían contado todo lo que sabían de su pasado. No les habían ocultado nada. No obstante, aunque Caín nunca supo cuál era su verdadero origen, siempre demostró una gran predilección por desafiar las conductas familiares. Todos los hijos e hijas que Eva y Adán habían concebido fuera de Edén habían traído sufrimiento. Nunca, ningún nacimiento volvió a ser placentero como los acontecidos en Edén. Los dolores del parto eran intensos. No obstante, Rafael siembre venía a la tierra para asistir a Eva en sus alumbramientos.
        La humanidad fue creciendo y multiplicándose, y Rafael, por mandato divino, enseñó a las mujeres como atender a las parturientas. Desde entonces, Rafael nunca volvió a intervenir en un alumbramiento humano. Solo observa.
       Caín y Abel crecieron, llegaron a la edad adulta y se transformaron en varones jóvenes y vigorosos. Durante toda su vida fuera de Edén, entre ellos habían nacido y crecido disputas esporádicas de un origen inexplicable, incierto, irracional. Aun así, las rencillas y trifulcas que se armaban no parecían graves.
          Hasta que tuvieron su primera gran disputa.
          Esta había sido por causa de Lillith. Caín había tenido un sueño en el que se le presentaba Lillith. Esta lo miraba con ojos potentes y seductores. Al despertarse, buscó a su hermano menor y se lo contó. Como habían recibido indicaciones del lugar donde se hallaba, partieron en su búsqueda.
         Se dirigieron al Mar Rojo. Encontraron a Lillith viviendo como una reina, en medio de una casa brillante que ellos nunca habían tenido ni conocido. Fueron recibidos con gran opulencia. Lilith sabía que vendrían y había instruido a sus demonios para que los atendieran con extrema amabilidad. Ambos eran los príncipes de la creación, pero Caín era el que más le interesaba. Sabía cuál era su origen. Poco tiempo después, ella se presentó ante los hermanos dejando ver el esplendor de su poder y su feminidad. Ella no se había sometido a los poderes de otros y no se sometería jamás. Pero como primera esposa de Adán y primera reina de la creación supo mantener su estatus y poder, aun cuando abandonara Edén.
          Los hermanos se quedaron asombrados y cuando vieron a Lillith, ella los desafió con su mirada lasciva. A ambos les pareció que habían caído en una especie de sopor. Estaban maravillados.
        Lillith los reconoció a la perfección. Ella, aunque hacía mucho tiempo ya no estaba en Edén ni tenía contacto con Dios ni con Adán, reconoció en ellos dos esencias distintas, la de Samael y la de Adán. Entonces, urdió su venganza contra quienes quisieron sujetar su espíritu libre. Seduciría a ambos hermanos y los obligaría a pelear por su amor. Regia y gentil, ofreció alojarlos en habitaciones individuales. Cada noche visitaba a cada uno y los seducía, los enamoraba y disfrutaba del placer de la sexualidad con ellos. Les había pedido que mantuvieran el secreto. Sin embargo, embriagado y exultante de placer ante las tentadoras promesas de Lillith, Abel terminó por contárselo a Caín. Esto sobresaltó el corazón del primogénito y sintió la traición del menor.
       Ambos fueron a reclamarle a Lillith que decidiera entre ellos. Tenía que elegir a uno. Entonces, la primera mujer les dijo ya sin ningún candor, sino con intenciones viles:

          —Me quedaré con el más vigoroso de los dos. Deben pelear entre ustedes. El ganador, será mi pareja.

        Ellos, en su inocencia, lo hicieron. Aún maravillados como estaban por su mirada y sus palabras, no lograron comprender del todo sus acciones.
           Pelearon y se hirieron mutuamente.
         A Lillith la sobresaltó un profundo y crudo temor. Una sensación tan glacial que detuvo sus intenciones y libró a los hermanos de su encanto.
      Ambos cayeron desmayados llenos de golpes y heridas. Lillith ordenó que los llevaran lejos de allí. Cuando despertaron, solo recordaban la promesa de Lillith y la afrenta fraternal. Volvieron a buscarla, pero ya no la encontraron. Decepcionados volvieron a su casa materna, donde su madre los recibió con preocupación y alegría.

         Los hermanos enfrentados

    Habían pasado ya varios años. Caín y Abel habían formado familia propia y se multiplicaba la descendencia que estaba poblando la tierra. Eva y Adán eran abuelos de muchos nietos.
         Cuando volvieron heridos de su encuentro con Lillith el corazón de Eva se había inquietado y le recordó a Adán el sueño que había tenido. Entonces, Eva decidió que Adán tomaría a su cargo a Abel  para enseñarle las artes del pastoreo, mientras que Eva tomaría a su cargo a Caín para enseñarle las artes de la agricultura.
         Algunos dicen que una gran disputa se produjo entre ellos por la división del territorio. Adán concedió las tierras a Caín, el primogénito, mientras que su hijo Abel quedó a cargo de todas las bestias. Ambos acordaron que ninguno interferiría con las posesiones del otro. Tan pronto concluyó el pacto cada uno se marchó a realizar la tarea. Pero Caín sentía que no era justo lo que había pasado ¿Por qué a él le había tocado trabajar la tierra que era rebelde y requería tanta dedicación y esfuerzo?
        Andando el tiempo, Caín estaba con su familia labrando un campo y vio que algunos animales del rebaño de su hermano estaban cerca. Molesto por esto, se dirigió hacia las estancias de Abel y le dijo de manera poco amistosa:

         — ¡Saca tus rebaños de mis tierras! ¿Acaso no ves que quiebras el pacto realizado tiempo atrás?
       —Pero, hermano. Los corderos que se extraviaron en tu campo no perjudicarán la labranza. ¿Por qué te enojas tanto?

         En los ojos de Caín brilló nuevamente el resentimiento de antaño. No podía entender la serenidad de su hermano, el pastor de rebaños. Comenzaron una pelea cruenta. Caín era violento como la tormenta más salvaje, pero Abel sabía defenderse muy bien. Su fuerza se había acrecentado porque levantaba a las reses encinta cuando les costaba desplazarse por su cuenta. Por fortuna, los hijos de Abel se pusieron en medio de ambos y la pelea cesó.
          Inmediatamente, sin ceder en su furor, Caín dijo en tono poco razonable:

         —El terreno que pisas es mío, abandónalo inmediatamente, hermano.
         — ¿Cómo esperas que lo haga?
         —Que una de tus bestias te enseñe a volar.
       —En ese caso, tus ropas están hechas con la lana de mis rebaños. Te las puedes quitar y volver a vivir como vivías en Edén. ¿Recuerdas? O tal vez como te hubiera gustado vivir con Lillith.

          El comentario final de su hermano Abel se incrustó en el corazón de Caín, lo traspasó hasta lo profundo de su alma y despertó un odio que el mismo Caín sintió eterno.
         Cuando la noticia llegó a oídos de Eva, ella comunicó lo acontecido a Adán y, finalmente, el padre de la humanidad decidió que lo justo sería que alguien más tratase de poner fin a la disputa creciente.
       Propuso entonces, Adán, ofrecer un sacrificio, una ofrenda. Cada uno debía traer lo mejor de su producto cuando llegaran las nuevas cosechas y nacieran las nuevas camadas de animales. Eva les dijo que debían ser de lo mejor. Se las ofrecerían a Dios, para que él se presentara y pusiera fin a la disputa.
       La verdad es que los hermanos no tenían del todo claro que había entre ellos que impedía que se reconciliaran. Parecía una enemistad inconmensurable. Muy en el fondo, ellos se amaban. Pues durante mucho tiempo habían sido compinches y buenos hermanos que se ayudaban en todas las cosas y dificultades, a pesar de las múltiples rencillas y disputas. 
          Pero desde que habían visto a Lillith, todo había cambiado. Parecía imposible una reconciliación.

         El tiempo se cumplió y los hermanos trajeron sendas ofrendas.
       Caín ofreció a Dios su oblación de los frutos del suelo. También Abel ofreció la suya de los primogénitos de su rebaño y de su grasa. Dios miró propicio a Abel y su ofrenda, mas no a Caín y la suya, por lo que este se irritó en gran manera y se abatió su rostro. Dios dijo a Caín:

         — ¿Por qué andas enojado, Caín?, ¿Por qué tu rostro tiene esa aura de derrota?

        Caín guardaba silencio, mirando al suelo, moviendo de un lado a otro los ojos, señal de que su enojo y frustración eran grandes.

        – ¿No es cierto que si haces las cosas correctamente podrás andar con la vista en alto? -insistió Dios- Pero, te empeñas en hacer las cosas sin una buena motivación. Ese sentimiento guardado en lo profundo de tu ser acecha como una fiera que te codicia, pero tú tienes que dominarla.

         Dios tenía una buena razón para considerar propicia la oblación de Abel pero no la de Caín: mientras Abel había escogido el mejor cordero de su rebaño, Caín sólo había puesto sobre el altar unos fajos recogidos a último momento y con desdén. Además, respondió al reproche de Dios con un grito ofensivo:

         — ¡En este mundo no hay una ley justa ni un juez justo!

        Adán y Eva observaban a poca distancia. Al escuchar estas palabras sintieron que sus corazones daban un vuelco. Entonces, volvió a la memoria de Eva su sueño, esta vez con una certeza tan fuerte, que sintieron la inevitabilidad de un destino funesto.
         El carácter de Caín se volvió más taciturno, más gruñón y más oscuro.
     Un día, no mucho tiempo después de que fuera rechazada su ofrenda, decidió que hablaría con su hermano Abel, pues había tenido un sueño inquietante. En este había visto a uno de los ángeles que en todo su esplendor y gloria clavaba sus ojos en él y le decía en un susurro: “No eres como los inferiores humanos nacidos de carne y sangre. Eres el hijo de Samael, el lucero más brillante de entre las estrellas que vigilan la creación. Tú eres el verdadero rey. Levántate contra tu hermano y toma tu heredad”.

          Después, cuando se encontró con Abel en un campo, le dijo:

       —No hay lugar para ti, hermano, en el mundo venidero, ni recompensa para los justos, ni castigo para los malhechores. Este mundo no fue creado con misericordia, ni es gobernado con compasión. ¿Por qué, si no, ha sido tu oblación aceptada y la mía rechazada?

        Abel simplemente contestó:

       —La mía fue aceptada porque amo a Dios; la tuya fue rechazada porque lo odias.

      Al ver la verdad revelada, un furor incontenible e irrefrenable volvió a apoderarse de Caín. Sus ojos brillaron. Abel lo miró con atención y en ese instante comprendió que quien estaba delante de él no era su hermano Caín, por lo que intentó reforzar su defensa presa del pánico. Este dirigió un fatal susurro a su víctima:

         —Ahora sí, mi venganza será consumada.

      Entonces Abel fue golpeado con tal fuerza por Caín que lo noqueó de un solo golpe. En el suelo, indefenso, recibió un segundo golpe por el cual fue muerto. Aún le fue propinado un tercer golpe, que hizo brotar su sangre. Esta manaba continua, perfecta, brillante.
         El aliento de vida había abandonado a Abel que yacía en el suelo. Caín miraba. Solo observaba. En un instante, el furor en él se desvaneció y vio lo que había hecho. Es imposible describir lo que sintió en ese momento. Todo el odio que había acumulado desde que vieran a Lillith, se desvaneció.
           Se había convertido en el más desgraciado de los hombres.
         El espíritu de Abel que había escapado de su cuerpo no pudo hallar refugio en el Cielo, donde ninguna otra alma había ascendido todavía, ni en el Abismo, donde ninguna otra alma había descendido aún. Por ello, se quedó vagando por las cercanías. Su sangre permaneció caliente donde había sido derramada. En todo ese lugar jamás volvieron a crecer hierbas ni árboles.

         El destino de Caín

        La violencia y la ausencia desatadas por aquel acto nuevamente invadieron toda la creación. Ascendió hasta el más alto cielo y bajó hasta el más profundo abismo. No pasó inadvertida.
          Dios se presentó en el mundo una vez más y preguntó a Caín:

           — ¿Dónde está tu hermano Abel?

            Caín contestó con amargura y temor:

         — ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano? ¿Por qué habría de preguntarme esto Aquel que vela por todas las criaturas?
          —Sé lo que has hecho. Quiero que hables conmigo y confieses tus acciones ante mí. Puedo ver a través de tus ojos y de tu carne. ¡Debes hacerte responsable!
         — ¡Si tú no hubieras preferido su oblación a la mía —le contestó mientras rompía en llanto— yo no le habría envidiado! Yo nunca había visto un cadáver humano ni oído hablar de él. ¿Me advertiste alguna vez que si lo golpeaba moriría?
         —Debiste escucharme el día de la oblación. Tu corazón estaba atosigado por el mal. Un mal antiguo que no has podido dominar. Ello te ha consumido. Sé lo que has hecho. Oigo la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. ¡El alma de Abel exige justicia a su Creador!

           Caín cayó de rodillas y finalmente confesó:

          — ¡Mi culpa es demasiado grande como para soportarla!

           Habiendo percibido en el corazón de Caín algo parecido al arrepentimiento, Dios le habló con suma tristeza y declaró:

         — Escucha, hijo de Eva: Por ti, el asesinato de un ser humano ha entrado al mundo, así como por tus padres la muerte entró a la creación. Podrás seguir viviendo, pero serás un proscripto.

           El corazón de Caín se paralizó y el aliento se congeló en su garganta.

         —Dondequiera que vayas, Caín, la tierra que has ultrajado con la sangre de tu hermano será tu enemiga. Las bestias salvajes serán tus enemigas también, pues acabaste con la vida del hijo de Adán. Ahora debes irte. Huye de estas tierras, y erra vagante por el mundo hasta que encuentres la manera de reparar lo que has hecho.

          Desde entonces, solo pudo escapar y no pudo asentarse para vivir en ningún sitio. Las bestias trataron de devorarlo. Los otros hombres que lo reconocían intentaban vengar a Abel. No había cueva, abismo, o roca donde no fuera perseguido.
      Su sufrimiento creció tanto que llegó al cielo en un clamor desesperado. Se echó a llorar y suplicó compasión. Dios volvió su corazón a Caín. Decidió no permanecer indolente ante el sufrimiento que el hijo de Samael afrontaba. En medio del llanto que desbordaba desesperación, se dirigió a él.

        —Eres un proscrito y un asesino. No solamente has matado a tu hermano, sino también a quienes te han perseguido para cumplir el clamor de justicia de Abel, el hijo de Adán. Por tanto, para mantenerte a salvo y privarte de la necesidad de matar para defender tu vida, serás marcado y toda la creación protegerá a la humanidad de ti, hijo de Eva.

        Entonces Dios hizo que creciera un cuerno de la frente de Caín, que le protegería contra la venganza de las bestias. Le grabó una marca en el brazo: una advertencia contra cualquier intento de vengar a Abel.
     Aún cinco señales más graves fueron dadas a Caín: el grito «¡Fratricida!» que resonaría por valles y montañas, un hambre voraz que nunca se saciaría, la decepción en todos sus deseos, una perpetua falta de sueño y la orden de que ningún hombre debía ofrecerle amistad ni matarle, hasta que pudiera encontrar la manera de redimir sus actos.