Aula Universaletras

Ofrecemos una serie de lecturas con sus actividades que fueron dictadas en algunas escuelas de la Zona Sur de CABA.

Segunda lectura: Loki

Loki, dios menor de los engaños

         Introducción

         Loki es un dios perteneciente a la mitología nórdica. Es hijo de los gigantes Farbauti y Laufey y tiene dos hermanos, Helblindi y Býleistr de los que poco se conocen. En las eddas es descrito como el «origen de todo fraude» y se mezcló con los dioses libremente. Odín llegó a considerarlo su hermano de sangre hasta el asesinato de Balder. Después de esto, los Æsir lo capturaron y lo ataron a tres rocas. Según la profecía se liberará de sus ataduras para luchar contra los dioses en el Ragnarök.

         A pesar de las muchas investigaciones, la figura de Loki permanece en la oscuridad; no existen trazas de un culto en la antigüedad y su nombre no aparece en ninguna toponimia. En términos religiosos, Loki no es una deidad. Al no registrarse un  culto en la historia ni seguidores (no se ha encontrado ninguna evidencia o referencia a ello), es más bien un ser mitológico. En la actualidad muchos grupos neopaganos que se autodenominan lokeanos le rinden culto, lo que lo sitúa en la categoría de dios menor. Algunas fuentes a veces lo relacionan con los Æsir; pero esto probablemente se deba a su estrecha relación con Odín y a la cantidad de tiempo que pasó junto con los dioses en comparación con los suyos (por lo cual se le asocia con Lugh, su paralelo en el panteón celta).

        En los idiomas escandinavos continentales (sueco, noruego y danés) su nombre es Loke (pronunciado «luque»). El compositor Richard Wagner presentó a Loki bajo el nombre germanizado de Loge en su ópera Das Rheingold. Existe un gigante del fuego denominado Logi, motivo por el cual, debido a su similitud en la pronunciación, muchas veces se lo confunde con él y se lo asocia con el fuego. De acuerdo con algunas teorías de eruditos, Loki es concebido como el espíritu del fuego con todo lo potencialmente beneficioso o dañino que este puede ser. No obstante, es posible que este punto de vista sea consecuencia de la confusión lingüística con logi «fuego», debido a que hay muy poca indicación de ello en los mitos, donde el rol de Loki era principalmente el de astuto homólogo o antagonista de Odín.

          De hecho, hay una historia en Gylfaginning en la Edda prosaica de Snorri donde Loki compitió contra un jotun llamado Logi en un duelo de ingerir alimentos; y este pierde, ya que cuando él termina, Logi no solo se había comido la carne sino también los huesos y el plato. Luego descubren que Logi es en realidad la personificación del fuego y que había adquirido su apariencia usando magia.

         Igual que Odín, aunque en menor medida, los escaldos utilizaron muchos kenningar para referirse a Loki, razón por la cual lleva muchos nombres, tales como: «Herrero mentiroso», «Cambia formas», «Lengua de plata», «Dios astuto», «Transformista», «El astuto», «Viajero del cielo», «Caminante del cielo», «Mago de las mentiras», «Dios de las travesuras», «Dios de la mala suerte», «Dios de las Mentiras» y «Dios del Caos», entre otros. El personaje del timador es de naturaleza compleja y un maestro del engaño. Loki es una figura de atenuada maldad, más bien sugerida que existente, una suerte de estafador entre los dioses debido a su elevada inteligencia. En algunas ocasiones con sus trampas, engaños o bromas, molestaba o ponía en apuros a los dioses y luego los ayudaba; como cuando cortó los cabellos de Sif y luego los reemplazó o como cuando fue responsable del rapto de Idunn y sus manzanas de la juventud pero luego la devolvió sana y salva. Loki es un experto en cambiar de forma (ejemplos como la transformación en salmón, caballo, pájaro, mosca, etc).

          Loki antihéroe

         Un antihéroe es un personaje de ficción cuyas características son contrarias o que no corresponden a las del héroe tradicional, ya que los antihéroes son imperfectos y poseen los defectos de la gente común. Un antihéroe, en las obras literarias o narrativas actuales, generalmente realizará actos que son juzgados «heroicos», pero lo hará con métodos, intenciones o motivos que no lo son. El uso actual de la palabra es reciente y su significado primario ha cambiado. En algunas instancias el antihéroe ha venido a referirse al protagonista de una obra cuyas acciones o motivos son cuestionables. Se le denomina protagonista antagónico. También es el protagonista desprovisto de las cualidades extraordinarias (belleza, integridad, valor, etc.) con las que habitualmente se presentaba el héroe en los relatos épicos.

       Recientemente nos reencontramos con Loki mediante la Saga de Avengers y una serie que Marvel Studios le ha dedicado. Así, nuestro antihéroe llega a mostrarse amoral, inteligente, enajenado, cruel, desagradable, envidiosos, dolido, vengativo, sin lugar en el mundo. Loki es el personaje principal en esas obras de ficción y estas deben lidiar con el efecto que su personaje tiene en aquellos a quienes conoce a lo largo de la narrativa. En otras palabras, nuestro Loki antihéroe es un protagonista que vive por la guía de su propia brújula moral, esforzándose para definir y construir sus propios valores opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que vive. Adicionalmente, la obra puede representar cómo su personaje cambia a través del tiempo, ya sea tendiendo al castigo, el éxito no heroico, o la redención (serie del 2021).

       Además de estas «cualidades», hace falta nombrar que el antihéroe es de esta manera debido a que su pasado fue doloroso o cruel y que estas tragedias le dan origen a su personalidad y una perspectiva distinta a la de los héroes o villanos; puede decirse que el antihéroe vive más en la zona gris. Otras veces, un antihéroe puede tener intenciones malvadas o crueles por simplemente ser así de naturaleza, sin excusas. En ocasiones, el antihéroe puede incluso cumplir un rol de villano o viceversa, aunque eso depende mucho del tipo de obra.

 

Loki

          Loki y sus terribles hijos

          Loki era un joven de gran belleza. Todos eran seducidos por él. Pero sus ojos delataban su alma oscura, pues era astuto y engañador. Cuando Loki llegó a Ásgard, Odín, Padre de Todos quedó prendado de él y se hicieron hermanos de sangre, mezclaron la sangre de sus muñecas derechas, luego de hacerse un corte en ellas.

           Loki realizó muchas proezas en Ásgard y Yótunjaim, pero estas le dieron mala fama. Tenía varios nombres: el malvado compañero de los Ases, el Dios taimado, el ladrón del cabello de Sif, el saqueador de las manzanas de Idunn, entre muchos otros que acentuaban su actitud engañadora y taimada.

          Loki tenía una esposa en Asgard: Sigyn, y otra en Yótunjaim, la ogresa Angrebode. Angrebode tenía una hija de Guimir, Guerda, buena y hermosa que, sin saberlo ni quererlo, traería la desgracia a los Ases. Los dioses desterraron a Angrebode a Bosquehierro. Allí dio a luz a los tres hijos de Loki: el lobo Fenrir, la poderosa Serpiente Mundial, Yórmungander. Fueron desterrados por Odín al mar. Y finalmente a Jel, que fue la reina de Jel.

          Los dorados cabellos de Sif y como los dioses consiguieron sus tesoros

         Una noche Loki no lograba dormirse. Había empezado a dar vueltas, vueltas y más vueltas en su cama. Se dormía y se despertaba, una y otra vez. Asique, poco antes del amanecer, se cansó de luchar por dormirse y se levantó. Tenía el cabello revuelto, unas ojeras profundas y estaba hecho polvo. Los estragos del insomnio se notaban con claridad en su rostro seductor.
         Salió de su casa para despejarse y notó su piel suavemente tocada por el rocío fresco, y se puso a vagar, caminando sin rumbo alguno. Súbitamente advirtió que se encontraba ante el palacio de Thor, Bilskirnir (el Rayo), el palacio de las 540 habitaciones, en el momento del alba.
          Entonces le vinieron ganas de hacer alguna broma pesada. En ese momento estaba enojado con todo y con todos. Tenía ganas de fastidiar, romper algo o trastornar alguna cosa. Miró el palacio y divisó la torre donde estarían las habitaciones de Sif, la esposa de Thor.

          — Mmm, Thor está de viaje por el este, dedicándose a la caza de gnomos. -pensó. ¡Esta es la mía!

         Una las ventanas del dormitorio de Sif estaba abierta. Trepó hasta allí por una gran enredadera y entró en la habitación. La esposa de Thor estaba durmiendo plácidamente. Su largo cabello rubio dorado se extendía por la cama, como si fuera seda brillante. Entonces a Loki se le ocurrió la idea. Se acercó al tocador de Sif donde la diosa guardaba sus joyas, sus perfumes y las cosas con que maquillarse. Este tomó las hermosas tijeras enjoyadas de Sif, se acercó sigilosamente a la cama… y, procurando no hacer ruido ni moverse muy bruscamente para que ella no se despertara, le fue cortando el cabello de oro a la diosa. Cuando acabó, le había dejado toda la cabeza pelada.
          La diosa se estaba despertando.
       Loki se apresuró, dejó las tijeras en su sitio, recogió el cabello en su propia túnica y se lanzó hacia la ventana a toda velocidad. Con las prisas se le cayó una sandalia y no tuvo tiempo de volver a recogerla.
         Al despertarse del todo, Sif se notó extraña, empezó a tocarse la cabeza. Sobresaltada, saltó ante el espejo del tocador y al verse en el estado en que estaba, lanzó un grito pavoroso. Luego, empezó a gemir y llorar desconsoladamente. Al oír sus gritos, desde la vecindad se acercaron Freya y Nana, la esposa de Baldur. Al principio se dieron un susto al verla, pero cuando vieron lo desesperada que estaba intentaron consolarla. Nana vio una sandalia junto a la ventana.

         — Fijense, esta sandalia debe ser del culpable. Cuando sepamos de quién es ya sabremos el culpable.
        — ¿Y de qué me sirve a mí saber quién es el culpable? Seguiré siendo calva como un huevo. Ay… ay… -se iba lamentando. -La culpa la tiene Thor. Si hubiera estado aquí, junto a mí, que es lo que le corresponde, esto no habría pasado. Pero, no. ¡Él tiene que irse por ahí a cazar gnomos o a dar palizas a los gigantes! -se quejó Sif entre lágrima y lágrima.

         Cuando aquel mismo día, a la tarde, Thor volvió de su caza, empezó a llamar a su esposa, ella no contestó. Así que empezó a buscarla y llamarla:

         — ¡Sif, cariño! ¡He vuelto! ¿Dónde está mi preciosa de cabellos de oro? ¿Dónde estás cariño, miel de mi vida?
            Nada.
           Ella parecía haberse esfumado. Y de repente oyó un murmullo y vio que una figura furtiva se deslizaba tras de una roca en el jardín. La figura llevaba un velo que le cubría la cabeza.
          Thor se le acercó para preguntarle si había visto a Sif. Pero la figura se puso a llorar y le dijo:

         — ¡Ay, Thor, esposo mío! Os suplico que no os acerquéis, pues es muy grande mi vergüenza. Me alejaré de Asgard y de la compañía de los dioses, y bajaré a Svártjeim, a vivir entre los duendes. No quiero que ningún habitante de Asgard me vea en este estado. -dijo la mujer con velo.
         — Pero ¿qué te ha sucedido, esposa mía? -preguntó Thor.

      — Alguien me ha cortado el cabello amabais, y estoy calva totalmente. Si me veis ya no volveréis a amarme. Por eso he de marcharme a Svártjaim, con los duendes que se ven tan horribles y feos como yo ahora.

            Entonces Sif se quitó el velo y le mostró la cabeza pelada. Thor, al verla, exclamó enfurecido:

       — ¡Por todos los dioses! ¡Cuando pille al culpable lo haré fosfatina, le romperé todos los dientes y le machacaré todos los huesos, uno a uno! No te preocupes, esposa mía, ya buscaremos alguna manera de devolverte la belleza.

        Tomó la mano a su esposa y se dirigieron al palacio de las asambleas, donde se reunían los dioses regularmente. Sif llevaba cubierta la cabeza cubierta con el velo, pues no quería que los dioses y diosas vieran su cabeza calva. Thor relató lo sucedido y empezó a levantarse un gran murmullo en la sala.

          — ¿Quién puede haber sido? ¿Acaso algún enano o duende, o algún gigante que se haya infiltrado en Ásgard sin que lo sepamos? -dijo uno de ellos.

          — ¡Eso es imposible! -aseguró Jáimdal, el vigilante. -A mí no se me escapa nada de lo que entra o sale de Ásgard, por algo soy quien soy.

           Entonces se adelantó Nana, la esposa de Baldur y dijo:

           — Encontramos esta sandalia en la alcoba de Sif, cerca de la ventana
           — ¡Loki! ¡Es de Loki! -gritaron algunos al verla. -¡Es inconfundible!
     — ¿Dónde está Loki? -inquirió Thor enfurecido. – Voy a buscarlo. Se esconda donde se esconda lo encontraré y lo mataré, después de machacarlo bien.

          En ese momento se adelantó Odín:

         — ¡No, Thor! Yo convocaré a Loki para que se presente. No permitiré que un habitante de Ásgard mate a otro. Ya sabemos lo astuto e ingenioso que es Loki. Seguro que a él mismo se le ocurrirá algo para devolverle el cabello a Sif…

      Cuando Loki se presentó, estaba temblando de la cabeza a los pies, sobre todo cuando vio la mirada asesina que le dirigía Thor. Entonces lo confesó todo y empezó a pensar con rapidez cómo podría reparar el daño…

         — ¡Ya sé! Iré a Svártjeim. Allí viven los duendes o elfos oscuros y los enanos. Yo era muy amigo de ellos en el pasado. Hay dos enanos, los hijos de Ivaldi que residen entre los elfos oscuros y son muy buenos artistas, como todos los enanos. Trabajan el oro y la plata que ellos mismos extraen de profundas minas. -Dijo, aunque no explicó todo el plan.

          Asique, le dieron permiso y Loki partió para Svártjaim. Al llegar hasta sus amigos, los enanos hijos de Ivaldi, los encontró trabajando con martillos y tenazas, golpeando metales para darles distintas formas. Loki los saludó y los felicitó por su trabajo. Luego empezó a prometer cosas si le construían algo que él quería encargarles.

        – ¿Tienen ustedes una larga barra de oro para forjar tiritas tan finas que parezcan el cabello de Sif, la esposa de Thor? -preguntó un tanto inseguro. Sólo los enanos podían hacer un trabajo tan maravilloso. -Si la martillan hasta convertirla en finas tiritas, hasta los dioses estarán celosos de vuestro trabajo».

           Los enanos se pusieron manos a la obra, y al final hicieron unos hilitos de oro tan finos como cabellos. Los hilos eran tan brillantes como la luz del sol, y cuando Loki los tomó en sus manos se deslizaron entre sus dedos como si fuera agua, y eran tan ligeros que ni siquiera un pájaro sentiría su peso.
            Loki los alabó y les hizo muchas promesas que seguramente no pensaba cumplir.
Y entonces les pidió algunos objetos fabricados por ellos para regalarle a algunos dioses. Primero forjaron una lanza que nunca fallaba su objetivo, la lanza Gúngnir, la que hace temblar la tierra. Ese sería el regalo para Odin. Para Frey fabricaron Skidbladnir, una nave que siempre obtenía viento favorable cuando se desplegaban las velas y que se podía plegar y guardar en un bolsillo como un pañuelo. Los enanos le regalaron todas estas cosas a Loki y él partió para Asgard.
           Cuando regresaba contento con sus tesoros pasó cerca de la casa y herrería del enano-maestro Brok de su hermano Sindri. Casualmente, en ese momento, Brok estaba ante la puerta.
Loki se le acercó y lo saludó. Y le dijo:

           – Hola, Brok. Vengo muy contento con tres tesoros maravillosos que me han hecho los hijos de Ivaldi.
           – ¿A ver? ¡Muéstramelos! -dijo algo inquieto.
           – Aquí los tienes. -respondió Loki con malicia. – ¿Ves? No creo que nadie pueda hacer algo mejor.

            Brok observo detenidamente los regalos y dijo:

           – Cierto es que los hijos de Ivaldi son muy buenos artesanos; realmente son admirables estas obras, pero mi hermano Sindri es capaz de hacer mejores cosas que eso.
           – ¡Imposible! -afirmó Loki con serenidad- No hay nadie mejor que los hijos de Ivaldi!
            – Lo que digo es verdad. -Refunfuñó Brok- Mi hermano Sindri es capaz de hacer mejores cosas.
            – No me lo creo, -respondió Loki- me juego la cabeza a que ustedes no conseguirán hacer nada mejor.

          Brok estuvo de acuerdo con el trato. Y ambos entraron en el taller. Sindri miró los tres objetos y, después de reflexionar dijo:

          – Mmm, son buenos objetos. Realmente magníficos… Pero, creo que puedo superar esos regalos.

          Y se puso a trabajar con la ayuda de su hermano. Loki se quedó en una esquina de la herrería, mientras Sindri y Brok empezaban su labor. Mientras tanto Loki acabó desapareciendo, o tal vez había adoptado otra forma que nadie podía reconocer.
         Cuando las brasas estaban incandescentes, al rojo vivo, Sindri puso una piel de cerdo en ellas y le ordenó a Brok que siguiera dando el fuelle y que no lo dejara, mientras él iba a atender otra cosa. Estaba Brok dándole al fuelle, cuando, de repente, apareció un tábano gigante salido de no se sabe dónde, y empezó a picarle la mano a Brok, chupándole la sangre. El tábano insistió, picándole varias veces en la mano, pero Brok resistía y no dejó de dar al fuelle, aunque tenía ganas de soltarlo por el dolor de las picaduras. Sindri regresó, y sacó del fuego la pieza, la fue martilleando, y al final salió de allí un jabalí vivo, con cerdas de oro, que emitía gruñidos, capaz de volar y que emitía luz de sus doradas cerdas. Lo llamaron Gul.linbursti, Cerdas de Oro.
           Pero a pesar de que era algo prodigioso, aún no superaba las tres piezas de los hijos de Ivaldi.
        Asique, se pusieron a trabajar en otro objeto. Colocaron oro fino en la forja, y al cabo de un rato Sindri volvió a salir, encargándole a Brok que mantuviera el fuelle activo. De repente volvió a surgir el tábano, se colocó en el cuello de Brok y empezó a picarle fieramente en la oreja derecha. Brok intentó sacudirse varias veces, pero no llegó a soltar el fuelle. Al volver Sindri, sacaron del fuego un hermoso anillo de oro que Sindri se encargó de pulir, era Draupnir, el Goteador. Luego, Sindri echó en el fuego un buen fragmento de hierro. Y al salir, Sindri le dijo a su hermano:

           – Sobre todo no dejes ir el fuelle, porque esta va a ser nuestra obra maestra.   

           Así lo hizo Brok. Hasta que apareció de nuevo el maldito tábano. Empezó a volar por delante de sus ojos y acabó picándole en el párpado que empezó a sangrar. Brok no podía ver bien y el dolor era tan grande que lanzó un manotazo contra el tábano. Pero para ello tuvo que soltar el fuelle, y éste se deshinchó.
           Al regresar Sindri lo vio y gritó:

     – ¿Por qué soltaste el fuelle? ¡Ahora va a malograrse nuestra mejor obra! ¡Veamos, veamos, a ver si logramos salvarla!

          Sacó la pieza de la forja y empezó a martillearla. Al final salió un martillo, pero con el mango un poco corto. Y le llamaron Mjölnir, el Triturador. Con ese martillo los gigantes tenían motivos para estar preocupados, especialmente los gigantes de las rocas, las montañas y los hielos.
         Así que le dieron las tres obras maestras a Loki y le dijeron que las presentara en la asamblea de los dioses y que ellos allí decidirian cuál de ellas era la mejor. Brok y Loki partieron hacia Ásgard.
          Cuando se presentaron en el salón de las asambleas, los dioses los recibieron expectantes y con rostros inquisitivos. Pero Loki entró tranquilo, sonriendo y de muy buen humor. Thor lo observaba con el ceño fruncido y los puños apretados, mientras pensaba para sus adentros: «¡Si lo que trae no me convence, lo machaco!”
           Entonces Loki pidió permiso para acercarse a Sif, que seguía con el velo tapándole la cabeza calva.

          – Señora, sacaos el velo. No temáis. Que lo que traigo los va a admirar a todos en esta noble asamblea.

          Ella dudó, pues no quería que la vieran por mucho tiempo con la cabeza calva. Cuando se quitó el velo, Loki le puso sobre la cabeza el montón de cabello de oro que intentaba sostener entre las manos. Las hebras de oro cayeron suaves, finas y brillantes sobre los hombros de Sif. ¡Era igual que su propio cabello! El brillante tejido de oro se afirmaba tan bien como si tuviera raíces y realmente le creciera en la cabeza a Sif. Y brillaba hermosamente cada vez que algún rayo de sol caía sobre él. Al ver aquello, los dioses soltaron una exclamación y aplaudieron.
          Luego Loki le regaló la lanza Gúngnir a Odín, la lanza que siempre acierta y que vuelve luego a manos de quien la lanzó. A Frey le regaló la barca Skínbladnir que puede plegarse y guardarse en el bolsillo y que al desplegarse es tan grande que tiene espacio suficiente para todos los Ases y todos los guerreros del Valjala con todos sus instrumentos de guerra, y que siempre tiene buen viento.
           Los dioses estaban impresionados y empezaron a felicitar a Loki. Entonces se adelantó Brok y les dijo:

          – Los regalos de Loki, que han fabricado los hijos de Ivaldi son realmente magníficos. Pero los que hemos hecho mi hermano Sindri y yo son aún mejores, juzguen por ustedes mismos.

          Y sacó el jabalí Gulinbursti, Cerdas de Oro, y se lo regaló a Frey. Un jabalí que podría transportarlo por tierra, mar y aire, y que despedía luz por sus cerdas, por lo que no podría nunca perderse por la noche. Los dioses se quedaron admirados.
          Luego presentó el anillo de oro macizo Dráupnir, el Goteador, cuya virtud consistía en que cada nueve noches salían ocho nuevos anillos de él, y se lo regaló a Odín. Ahí tenían Frey y Odín cada uno dos regalos para comparar.
            Y luego se acercó a Thor, un poco amedrentado, y le entregó el martillo Miölnir, el Triturador, y le dijo:

           – Señor, con este martillo destruiréis todo lo que él golpee, hierro, piedra dura, capaz de convertir la más dura roca en fina tierra de arar. Después de triturar su objetivo os volverá a la mano. Y al mismo tiempo es tan pequeño que os lo podéis guardar bajo la camisa. Por un problema del fuelle de última hora el mango le ha quedado un poco corto, pero funciona igual. Thor se quedó boquiabierto y muy agradecido.

         – Honorables señores, tengo una apuesta con Loki, si ustedes juzgan que uno de los presentes hechos por mí y mi hermano es mejor que cualquiera de los tres que hicieron los hijos de Ivaldi entonces me quedaré con la cabeza de Loki.

          Los dioses se miraron entre sí y parecían guiñarse el ojo mutuamente, pues todos pensaban que esa era una magnífica oportunidad de quitarse de encima a Loki. Después de deliberar, Odín dio el veredicto: realmente el mejor y el más útil de todos era el martillo, la mejor defensa contra los gigantes. Así que ganó la apuesta Brok. Y los dioses se dispusieron a cortarle la cabeza a Loki para entregársela al enano Brok.

           Pero Loki había huido de allí veloz como una centella, llevado por sus zapatos mágicos voladores. ¿Por qué se le habría ocurrido desafiar a Brok cuando ya tenía tres magníficos regalos para los dioses?
Thor salió de allí y le lanzó un relámpago que pilló por el pie a Loki. Y lo arrastró hacia la asamblea, cogió un hacha y cuando estaba a punto de cortarle la cabeza, Loki le recordó que él sólo había apostado la cabeza. O sea que no podía cortarle el cuello.
          Entonces, decidieron que en lugar de ello le coserían la boca con una correa, y así aprendería a no fanfarronear nunca más. Muchos días tardó Loki en quitarse la correa que le cosía los labios, y estuvo meses sin volver a hablar, hasta que le curaran los agujereados labios. Mientras tanto ¡qué descanso para los dioses!

         Las murallas de Asgard

         Ante las murallas arruinadas de Asgard, se presentó un día un jinete que propuso a los Ases fortificarlas y hacerlas a prueba de gnomos y gigantes, y que lo haría solamente en el tiempo que transcurren tres estaciones. El precio era casarse con la diosa Freya, y de paso, que le regalaran el sol y la luna.
Los dioses se pusieron a deliberar. El precio les parecía excesivo, pero dejar la muralla como estaba era muy peligroso, pues en cualquier momento podían ser sorprendidos por un ataque de sus enemigos.

      Entonces Loki propuso fingir que aceptaban, pero con condiciones. Y esas condiciones permitirían engañarlo sin romper lo prometido. Finalmente, Odín habló con el albañil-jinete y le dijo que aceptaban si reconstruía los muros hasta la última piedra en una sola estación, hasta el primer día de verano. El jinete extranjero, recapacitó y acabó aceptando, pero con la condición de que le ayudara su caballo, Svádilfari.
Los dioses estuvieron de acuerdo, convencidos de que era prácticamente imposible reconstruirla en una sola estación. El albañil se puso manos a la obra. Empezó a poner los cimientos, y a la primera noche llevó a su caballo a las canteras y empezó a transportar enormes rocas.

          Al día siguiente los dioses se dieron cuenta de que el caballo era capaz de llevar grandísimos peñascos y que era capaz de realizar el doble de la tarea que hacía el albañil. Lo que no sabían los Ases es que ese jinete era realmente un gigante disfrazado que podía adoptar diversas formas. El gigante sólo temía a Thor, pero sabía que en esa época Thor no estaba en Casa, pues estaba en el este, cazando gnomos. La primavera se acercaba y el muro crecía a una velocidad de vértigo, para entonces ya era inexpugnable.
        Los gigantes del hielo o de las montañas ya no podrían asaltar Ásgard. Los dioses tenían sentimientos divididos: Por un lado, estaban contentos de ver la magnífica calidad de la obra que los haría invulnerables, pero por otro lado iba demasiado de prisa, y les atormentaba la idea de que realmente acabara dentro del plazo previsto, pues no habían contado que el prodigioso caballo le estaba haciendo gran parte de la tarea.

          Así que se reunieron para deliberar. Después de muchas discusiones miraron todos a Loki.

         – La culpa es tuya. Se te ocurrió que pusiéramos unas condiciones imposibles y ahora resulta que las va a cumplir. Y ahora tendremos que entregar a la joya de las joyas, a la bella Freya, y vas a dejar que el cielo se oscurezca definitivamente, sin sol ni luna.

       Amenazado de muerte por los dioses, Loki se puso a pensar en alguna salida honrosa, pues los dioses no podían dejar de cumplir una promesa y tendrían que pagar debidamente al albañil si acababa su labor en la fecha prevista. Pues quedaban sólo tres días.

       – Dejadme deliberar, ya encontraré una solución- les respondió Loki aterrorizado ante las amenazas de los Ases.
         – Más te vale -insistieron enfurecidos los dioses.

         Aquella misma tarde, cuando el albañil regresaba hacia la muralla con su caballo cargadísimo, apareció de repente una hermosa yegua trotando alegremente. El caballo Svádilfari se detuvo en seco, se le pusieron tiesas las orejas, se le salieron los ojos de las órbitas, se puso a resoplar, rompió las riendas y salió tras de la yegua que se internaba en el bosque. El gigante disfrazado de albañil salió corriendo tras su caballo, pero había desaparecido en el bosque. Estuvo buscándolo desesperadamente, pero nada de nada. La tarea estaba casi terminada, sólo quedaba rematar con unas rocas la gran puerta de la muralla.
        Los dioses vieron cómo pasaba un día, y dos, y el trabajo se había aminorado, el albañil solo no podía acabar el trabajo. Un suspiro de esperanza brotó de los dioses, aunque no sabian por qué el caballo no aparecía por la obra.
       Pero al tercer día vieron que el albañil llegaba con su caballo cargado de unas rocas. Y empezaron a lamentarse.

          – Al final va a conseguirlo, y mañana habrán desaparecido el sol y la luna, y Freya abandonará Ásgard.

        Pero al observar mejor la escena, vieron que Svádilfari ya no era lo que había sido. El pobre caballo estaba agotado y sin fuerzas, arrastraba las patas y la cabeza le rozaba el suelo. El albañil lo golpeaba para que siguiera, pero sólo consiguió que se desplomara sobre tierra. El albañil comprendió que le sería imposible acabar la obra a tiempo y, enfurecido, retornó a su forma original de gigante de las rocas y empezó a gritar y patalear. Menos mal que estaba fuera de la muralla y no podía hacerles nada. Entonces los dioses se dieron cuenta del engaño, y se sintieron liberados de su promesa. Empezaron a gritar y a llamar a Thor.
       En un momento Thor apareció regresando del este como un relámpago empuñando su gran martillo Miólnir. Y al ver al gigante ante las murallas de Ásgard le lanzó el martillo a la cabeza que quedó pulverizada en un abrir y cerrar de ojos. El cuerpo del gigante se desplomó y cayó rodando hacia abajo, tan abajo que llegó hasta Nífeljel, muy por debajo de Jel.
       Los dioses respiraron aliviados: seguiría habiendo luz de dia y luz de noche, y sobre todo seguirían teniendo consigo la luz de su alma, la bella Freya que asombraba y provocada la admiración de los corazones que la contemplaban y que extendía la primavera por la tierra.

         Las manzanas de Idunn

         Los dioses, de vez en cuando, viajaban a los bosques para ver de cerca cómo iban las cosas y para ayudar a los hombres en diferentes quehaceres. Asique, en una de esas ocasiones, Odín les preguntó a Loki y a Jénir si querían acompañarle en su viaje.
         Después de mucho caminar, empezaron a preocuparse, porque estaban entrando en un paisaje desértico y no se veía vivienda alguna. No había pájaros ni árboles, nada de nada. Buscaron por el horizonte para ver si se podía ver el humo de alguna casa, pero nada. Ni un alma.
         Se hizo de noche y no tuvieron más remedio que envolverse en sus capas y echarse a dormir. Seguro que habremos pensado que eran dioses y que hubieran podido usar su magia o que no les hacía falta calentarse. Pero, el hecho es que, cuando salían para vagar por el mundo humano, debían ir disfrazados de humanos y pasar por las mismas penurias y necesidades que los humanos.
     Asique, se echaron a dormir sobre el duro suelo. Al día siguiente, se despertaron hambrientos y entumecidos y prosiguieron el camino.
        Poco a poco fue mejorando el paisaje, y empezó a haber vegetación, pero no había nada que pudiera comerse. Al mediodía estaban desfalleciendo de hambre. El estómago hacía todo tipo de ruidos.
           Hasta que llegaron a un valle fértil. A Loki le pareció oír ruidos… «¡muuu! ¡muuu!». ¡Eran vacas!
         Efectivamente, corrieron hacia el lugar y vieron un rebaño de toros y vacas de pelo rojizo pastando en un prado junto a un arroyuelo. Se acercaron sigilosamente, para no asustar a los animales, agarraron a un toro joven, lo mataron y encendieron un fuego no lejos de allí.
        Con una gran rama insertaron al novillo y lo pusieron al fuego para asarlo. Estaban sentados los tres cerca del fuego y se iban turnando para remover la pieza, para que se asase bien por todos los lados. La boca se les hacía agua, sobre todo cuando les llegaba el magnífico aroma de asado, y el estómago hacía run run.
Afilaron sus cuchillos contra unas piedras mientras se iban imaginando las jugosas tajadas que iban a saborear de aquel preciado manjar. Cuando ya parecía bien asado, cortaron un trozo y vieron que la carne estaba cruda, incluso más fría y cruda que antes de ponerla al fuego.
          Con paciencia volvieron a encender el fuego con nueva leña y esperaron otro rato. El estómago ya les hacía todo tipo de ruidos. Finalmente, al cabo de un buen rato, que se les había hecho interminable, cuando por fin ya parecía bien asado, se abalanzaron sobre la pieza y cortaron otro trozo.
           ¡Seguía tan crudo como antes!
        Y volvieron a encender la hoguera. Al final, ya desesperados de tanta espera consideraron llegada la hora y se lanzaron sobre la carne. ¡Seguía cruda! Jénir se rascó la cabeza:

           – Aquí está pasando algo raro -refunfuñó. Debe ser algún encantamiento – dijo Odín.

             Y en ese momento oyeron un ruido que procedía de un gran roble detrás de ellos. Todos miraron hacia allí. Sobre el roble había un águila gigantesca. Y el águila les dijo:

            – La carne no se asará hasta que yo lo diga. Sólo cuando yo dé la orden acabará asándose-
            – Pues ¿a qué esperas? ¡Da ya la orden de una vez! -le conmino Odín enojado e impaciente.
            – No pienso hacerlo hasta que no me prometan dejarme comer a mi primero hasta hartarme.

           Los dioses se dieron cuenta de que era un caso de magia, y en la situación de peregrinos humanos en que estaban, no podían hacer gran cosa. Como estaban hambrientos y cansados estuvieron de acuerdo.
            El águila entonces descendió en círculos hasta llegar por encima del fuego; y abriendo y cerrando sus poderosas alas, avivó las llamas que empezaron a elevarse bien alto.
           Los tres dioses notaron un calor terrible de esa hoguera. Pero en cinco minutos la carne estuvo a punto. ¡Qué aroma! ¡qué perfume! Tendría que estar riquísima. Y los tres dioses se abalanzaron sobre ella. Pero el águila gritó:

            – ¡Mi parte, dadme mi parte primero!

           Entonces voló sobre los rescoldos, se posó en el suelo con un ruidoso aleteo que levantaba un asfixiante polvo de cenizas. Cuando se disipó, vieron que el águila estaba engullendo la carne a gran velocidad. En un abrir y cerrar de ojos ya sólo quedaba el esqueleto.
        Los dioses, asombrados, estupefactos, atónitos, tenían la boca abierta, el estómago rugiendo y el pecho enfurecido. Loki no pudo contenerse. Agarró el palo del asador, se abalanzó sobre el águila y se lo clavó. Pero entonces notó que sus manos se quedaban pegadas en el palo y no podía soltarlo. El águila empezó a correr para emprender el vuelo, arrastrando consigo a Loki que se iba golpeando con las rocas y los espinos del terreno, llenándose de rasguños y magulladuras.
       Y finalmente el águila emprendió el vuelo, llevándose consigo a Loki colgando del palo. Loki estaba aterrorizado, y si antes se quería desprender del palo, ahora se agarraba a él desesperadamente para no caer. El águila volaba cada vez más alto y se llevaba a Loki hacia Yótunjaim, la región de los gigantes. El águila le habló entonces a Loki:

        – ¡Por fin te tengo! Tú fuiste quien engañó a mi hermano para que no recibiera el pago por construir el muro de Asgard. Ahora ya sabes que soy Thiassi, el gigante. Y no te voy a soltar hasta que esté a unos diez mil metros de altura… A menos que me hagas un juramento.

       Volaban a tal altura que abajo se veía a Odín y Jénir como unos puntitos, y todo el rebaño de vacas rojizas, apenas eran unas manchitas coloradas.

          – ¡Lo que sea, lo que haga falta! ¡Lo juraré todo! -gritó jadeando Loki.

          – Júrame solemnemente que me entregarás a la diosa Idunn con su cajita de manzanas de oro.   

             Loki no estaba para reflexionar, pero le preguntó:

            – ¿Y cómo voy a hacerlo?
          – Tú eres maestro de las trampas, las astucias y los engaños. Ya se te ocurrirá. Pero si no quieres, te suelto desde aquí arriba.
            – ¡No, no! ¡Lo juro!
            – Mal te irá si no cumples tu juramento.

            Entonces el águila se lanzó en picado desde el cielo, dejándose caer en plomo, tan rápido que a Loki se le subía el corazón a la boca. Y cuando estaban a un par de metros del suelo, el águila lo soltó.
          Loki se dio un buen golpe y rodó por el suelo unos metros. Luego se acercó a sus compañeros que se reían de él. Pero él no les dijo nada del pacto que había hecho con águila.
         Y como no estaban muy contentos con la aventura y seguían hambrientos decidieron regresar a Ásgard.

        Cuando hubieron regresado a Ásgard, Loki andaba preocupado pensando cómo engañar a Idunn y llevársela. Y, además, le preocupaba pensar lo que le pasaría a los dioses si ya no podían comer las manzanas que sólo Idunn podía darles. ¡Los dioses envejecerían y los gigantes adquirirían la eterna juventud! Pero, aún le aterrorizaba más pensar en lo que haría el gigante si no cumplía.
          Al final se le ocurrió una estratagema. Una mañana, cuando los dioses habían comido su manzana, Loki se quedó un rato más en el jardín de Idunn. Se le acercó y le dijo:

          – ¿Sabes? El otro día estuve en el bosque más allá de Ásgard y sus murallas y vi un árbol extraordinario.
          – ¿Un árbol? -preguntó intrigada
          – Sí. Y al acercarme a él vi que producía unas manzanas más brillantes y perfumadas que las tuyas.
          – ¡Eso no es posible! -le respondió asombrada Idunn.
       – ¡Pues yo las he visto! -afirmó Loki, comprendiendo que ella estaba interesada en el asunto- ¿Quieres venir a verlo conmigo? Tráete también un canasto con tus manzanas y así podremos compararlas.

          Ella puso unas manzanas en su cesto y salió con Loki de las murallas de Ásgard. El único que los vio salir fue Jáimdal, con su ojo avizor y su oído hipersensible. Jáimdal bostezó y los saludó indiferente.
Cuando Loki e Idunn quedaron ocultos de las murallas en el bosque cercano, una enorme águila sobrevoló sobre ellos y se abalanzó sobre Idunn, la agarró por los hombros y ella y sus manzanas fueron volando hacia Yótunjaim. Loki volvió a Ásgard, procurando no ser visto.
        El águila sobrevoló Midgard hasta llegar a Yótunjaim. Atravesó el río que separa el mundo de los hombres del de los gigantes y se metió en el cráter de una montaña. Idunn quedó atrapada dentro de una cueva iluminada por columnas de fuego que aparecían de vez en cuando de las entrañas de la tierra.Al águila se le cayeron las plumas e Idunn vio aparecer ante sí al temible gigante Thiassi.

         – ¿Para qué me has traído aquí? -le preguntó Idunn (muy molesta), una vez recuperada del susto.
         – Para poder alimentarme de tus manzanas.

         – ¡Ni lo sueñes! ¡No te las pasaré jamás!
         – Entonces tendré que quitártelas.

         El gigante le quitó el canasto de las manos, pero tan pronto como cogía una manzana, ésta se marchitaba y al volverla a canasto, la manzana volvía a estar fresca y brillante. Thiassi comprendió que solamente Idunn se las podía dar.

         – Entonces no te devolveré a Asgard hasta que me des tus brillantes manzanas -dijo resueltamente. Dio media vuelta y salió. Al día siguiente, el gigante volvió y ella siguió negándose. Y así pasaron los días.

        Mientras tanto, en Asgard, los dioses no sabían por qué había desaparecido Idunn. Ellos comenzaron a envejecer, se les encorvaban los hombros. Pronto perderían su belleza y su poder, serían más vulnerables a sus enemigos y ya no podrían ayudar más a los seres humanos. ¿Dónde estaba Idunn?

         Entonces Odín soltó a sus dos cuervos Huguin (pensamiento) y Munin (memoria) para que sobrevolaran Midgard y Yótunjaim. Al poco rato volvieron los dos cuervos volando. Y seposaron sobre sus hombros.

         – ¡Craa, craa! Thiassi tiene prisionera a Idunn. -Le dijo uno desde el hombro izquierdo.
         – ¡Craa, craa! Y quiere que le dé sus manzanas, pero ella se niega. -Le dijo el otro desde el hombro derecho.

            Al escuchar estas noticias, los dioses empezaron a deliberar.

            – ¿Y cómo llegó allí? -Se preguntaban

           Jáimdal dijo que la había visto salir caminando fuera de Ásgard en compañía de Loki. ¡Loki! ¡Él tenía que ser!

             – ¡Que me traigan a Loki! -gritó Odín.

          Thor trajo a Loki a rastras, firmemente agarrado. Y entonces averiguaron lo de la promesa al gigante Thiassi en forma de águila. Thor se puso furioso y le empezó a gritar «Te voy a machacar con mis truenos, voy a…”

            – ¡Espera, espera! -gritó aterririzado Loki- Se me ocurre una idea para rescatar a Idunn.
         – ¡Tú y tus desastres! ¡Tú y tus engaños! ¿Cuál es tu plan? -le preguntaron. Después de explicárselo. Le dieron permiso. Loki le pidió a la diosa Freya que le prestara la piel de halcón con la que ella se disfrazaba de vez en cuando.
            Freya, la diosa de la belleza ya mostraba varias arrugas en la cara y se le iba poniendo blanco el cabello. Naturalmente, estuvo de acuerdo. Loki se puso el disfraz y, como un halcón, voló raudo y veloz hasta Yótunjaim.
            Al llegar, buscó y buscó hasta encontrar a Skadi, la giganta, hija de Thiassi.
           A ella le encantaban las altas montañas, las águilas, los halcones y los lobos aulladores. Y cuando vio al halcón revoloteando, lo llamó y el halcón se le acercó mansamente. Se le puso sobre la mano y se dejó hacer cariños. Skadi lo adoptó y se lo llevó con ella. Hasta que llegaron a la cueva donde estaba Idunn. Ahí averiguó Loki dónde estaba Idunn.
           En un momento de descanso cuando Skadi dormía, el halcón se acercó a Idunn y se quitó el disfraz.

      – Soy Loki. Escúchame atentamente. Voy a convertirte en una nuez a ti y a tus manzanas. Luego te agarraré y te llevaré a Ásgard.

       Idunn asintió. Y así procedió Loki. Fueron convertidas en una nuez, la agarró con sus garras y partió volando como una centella. Skadi se despertó y se dio cuenta de la ausencia de Idunn y del halcón, y entonces comprendió. Corrió hacia e Thiassi y le explicó lo sucedido. Thiassi se transformó de nuevo en águila gigante y salió volando en su persecución.
          Jaimdal era el vigilante de Asgard y estaba en su puesto de vigilancia y vio, a lo lejos cómo se acercaba un halcón.

           – ¡Debe ser Loki! ¡Está regresando!

           Y llamó a los dioses para que lo vieran. Pero también vieron un águila gigantesca que los perseguía.

           – ¡Lo va a alcanzar! ¡Esa águila es mucho más veloz!

          Tyr, el dios de la guerra ordenó que hicieran un (…) montón de virutas de madera. Lo colocaron frente a las murallas y esperaron.
          El halcón, agotado, estaba llegando y, en un último esfuerzo, pasó por encima de las murallas. El águila se precipitó como un proyectil sobre él, pero al pasar por el montón de virutas, Tyr hundió su antorcha en él y prendieron de golpe unas altísimas llamas. Las plumas del águila prendieron rápidamente y Thiassi se convirtió en una tea ardiente, precipitándose sobre la hoguera. Allí quedó consumido, excepto los ojos, que eran como diamantes.
        Los dioses corrieron a donde había aterrizado el halcón. Loki se había quitado el disfraz que le había prestado Freya. Idunn se estaba transformando nuevamente, la nuez se había partido en dos: una mitad se estaba reconvirtiendo en el cesto con las manzanas. La otra mitad se estaba haciendo grande, cada vez más grande.
         La parte de dentro se volvía suave, se alargaba… Luego empezaron a salir cabellos rubios y largos en la parte de arriba, surgieron los brazos, las piernas, el rostro, y la cáscara se iba convirtiendo en el bello vestido que siempre la adornaba y la embellecía. Idunn aparecía de nuevo. Estaba bastante mareada.

           – ¿Qué les pasa a ustedes? -exclamó ella de repente cuando comenzaba a recobrar el sentido. – ¡Se los ve tan viejos y encorvados!
        – Es que estuviste mucho tiempo fuera de Asgard y no pudimos comer de tus manzanas. -Respondió Freya que empezba a tener arrugas y pelo blanco, Odín y Tyr perdían fuerza y poder de visión, Thor se había puesto barrigón y no tenía la ligereza de antes para llamar a su martillo mjolnir y, cuando golpeaba con él para provocar los rayos y truenos, los primeros eran flojitos y los segundos no provocaban ruido, eran como unas chispitas inofensivas.
        Jaimdal ya no tenia la vista de antes, había sido un prodigio que distinguiera a Loki disfrazado acercándose hacia Asgard, tampoco veía tan lejos. Si no comía pronto las manzanas, ya no podría distinguir entre una hormiga y una termita, o entre una abeja y una avispa cundo mirara hacia Midgard desde las elevadas alturas de Asgard. Y lo que más le molestaba era que ya no oía crecer la hierba ni el pelo de las ovejas, y más todavía porque no podía escuchar los chismes que se decían aquí y allá. Tampoco tenía la fuerza en el pulmón para hacer sonar el gran cuerno de Guiálajorn cuando fuera necesario.
         Total, que todo y todos estaban hechos un desastre. Aquello parecía más un asilo de ancianos que el brillante y orgulloso Asgard.

             Idunn miró las manzanas que llevaba en el cesto y dijo:
         – Estas manzanas ya están gastadas por el viaje y porque se transformaron en media nuez. Vengan todos conmigo a mi jardín y les daré manzanas nuevas.

             Todos se miraron. El jardín de Idunn estaba al otro extremo de Asgard. Y se dijeron:

            – ¿Qué remedio? Cuando uno está enfermo vale la pena hacer el esfuerzo para recobrar la salud ¿no?

        Se miraron entre todos y asintieron en conjunto. Asique, Idunn se puso en camino encabezando la comitiva y todos la siguieron. Allí iban detrás de ella cojeando, rengueando, unos apoyados sobre otros, algunos con bastón… ¡Todo un espectáculo!
           Cuando entraron en el jardin, Idunn recogió manzanas frescas y se las fue pasando a cada uno. Al cabo de un rato se sentían más fuertes. Los cabellos blancos recuperaban su color, las arrugas se dejaban los rostros siempre lozanos, empezaron a sentir vigor en sus miembros. Jáimdal volvía a oír como antes. Para asegurarse, miró hacia Midgar y ya pudo distinguir desde la lejanía entre una pulga y un pulgón. Todos respiraron aliviados y volvieron a sus quehaceres, no sin antes agradecer la gentileza de Idunn. Todo parecía volver a la normalidad… Al menos eso era lo que parecía.

            Apenas se habían recuperado, a la mañana siguiente, estaban desayunando cuando oyeron unos pasos que retumbaban frente a la muralla y unos golpes en el gran portón.
Salieron a mirar desde las almenas y vieron a Skadi, la hija de Thiassi, vestida con su reluciente armadura.

           – ¡Ábranme! -gritaba furibunda- ¡Tienen que compensarme por la muerte de mi padre!
       – Tu padre lo empezó todo cuando se convirtió en esa águila que nos quiso matar de hambre. -le respondió Odin, creyendo que podría convencerla de retirarse- Él lo hizo todo para robar las manzanas de Idunn y por eso iba a matarme echándome desde las alturas allá en Midgard. -continuó Loki.

             Pero ella no cedió y dijo:

            – ¿Cómo se puede compensar por un padre muerto? Quizás un esposo vivo… -se atrevió a sugerir Loki, a quien siempre se le ocurrían las ideas más descabelladas. Tal vez podrías casarte con uno de nosotros, y formarías parte de la familia de los dioses.
             – ¿Qué? -gritaron los dioses. ¿Loki había perdido el buen juicio?
              – Bueno, a Frey no le va nada mal con la bella giganta Gerda ¿no? -replicó bastante ofuscado.

             Antes de que los dioses reaccionaran, la giganta Skadi, que más que una fea giganta parecía una bella diosa gigantesca con armadura, les dijo:

              – Aceptaré vuestra oferta.

           Entonces los dioses se pusieron a discutir. Ninguno de ellos quería casarse con ella, a pesar de que era una giganta muy bella.
            Entonces Odín propuso que ella eligiera a su esposo, mirando sólo los pies de los candidatos. Se levantó una especie de biombo y los Ases y Vanir desfilaron detrás con los pies descalzos.
Skadi buscaba a Baldur, el más hermoso de los dioses. Y cuando vio unos pies bellos, impecablemente limpios y blancos, grito:

            – ¡Elijo a ese! -gritó pensando que seguramente, que esos pies pertenecían a Baldur.
Pero los pies tan limpios pertenecían a Niord, de los Vanir, esposo de Nertus y padre de Frey y Freya. De ese modo Niord obtuvo una segunda esposa: Skadi la giganta.
          Pero había un problema. A Skadi no le gustaba el océano, ella quería vivir en las altas montañas con halcones y águilas. Y a él sólo le gustaban las orillas marinas, playas y acantilados.
        Al final llegaron a un acuerdo: se irían turnando por semanas. Una semana estarían en las rocosas colinas y otra en las orillas del mar.
            Al principio, cuando volvían de la semana en las montañas, Niord se quejaba:

            – ¡Cómo odio esas montañas! ¡El chillido de las águilas, los aullidos de los lobos! ¡No hay manera de pegar ojo!

              Cuando regresaban de la semana en el mar, Skadi se lamentaba:

          – Es imposible dormir con el ruido de las gaviotas. Y luego, los gatos que buscan pescado y maúllan todas las noches.

           Pero al final se acostumbraron y cambiar una y otra vez. Y de ese modo pasó a formar parte de la familia de los dioses.

              Odín cogió los dos ojos del padre de Skadi, los lanzó al cielo y los convirtió en dos estrellas gemelas. Y así es como hoy se conocen en el Norte esas dos estrellas: los Gemelos.

           Loki y Thor en Útgard, la ciudad de los gigantes

          Una tarde, Thor ató sus cabras Rechinadientes y Afiladientes a su carro y marchó junto a Loki hacia Midgard y Yótunjaim.

          Su intención era llegar a Útgard, la ciudad capital de los gigantes, la ciudad más grande de los gigantes y probar su fuerza con alguno de ellos. De ese modo, los dos averiguarían cuáles eran los flancos débiles de los gigantes a fin de prepararse para el Ragnarok.

          En el camino, se hizo de noche. Buscando por aquí y por allá, vieron una cabaña de campesinos y hacia allí se dirigieron. Thor y Loki iban disfrazados de inofensivos viajeros. El campesino les ofreció hospitalidad, aunque era muy, muy pobre.

        – Pasen, pasen, sean bienvenidos, aunque no nos queda nada que comer hoy en día, pero mañana podría buscar algo, y ofrecerles alguna cosa qué comer. -les dijo con humildad.

      – No os preocupéis, -dijo Greñas Rojas (que no era otro que Thor)- yo mismo traje comida y estaría encantado de compartirla con ustedes.
          – ¿Dónde tienen los establos? -pregunto Pelirrizos (que no era otro que Loki).
          – Están allí atrás. Ahí pueden descansar sus cabras y tienen algo de paja. -Respondió el campesino.

        Greñas Rojas y Pelirrizos llevaron las cabras al establo. Thor le habló palabras cariñosas a Afiladientes y a Rechinadientes. Y ellas contestaron con sus balidos. Inmediatamente, ¡Thor las mató a las dos! Luego, las troceó procurando no romper los huesos. A los campesinos se les salían los ojos de las órbitas de ver tanta carne junta, después de pasar tanta hambre en los últimos tiempos.
          Prepraron dos calderos y los pusieron al fuego. En uno Greñas Rojas metió los pedazos de una cabra y en otro los pedazos de la otra. Y lo pusieron todo a cocer, añadiéndoles unas hierbas del campo, para darles buen gusto, Cuando todo estuvo bien cocido los visitantes, el campesino y su esposa junto con sus dos hijos se sentaron a la mesa. La boca se les hacía agua. El hijo del campesino se llamaba Thialfi y su hermana, Roksva.
          Thor extendió cuidadosamente las pieles de las dos cabras en el suelo y dijo:

       – Ahora comamos del primer caldero y vayan dejando los huesos sobre las pieles de cabra. Pero sobre todo no rompan ningún hueso. Pueden apurarlos, chupetearlos, pero nunca romperlos, quebrarlos o partirlos.

          Entonces todos se pusieron a comer fervorosamente, y el primer caldero quedó vacío en un santiamén. Luego se abalanzaron sobre la cabra del segundo caldero y, a medida que dejaban limpios los huesos, los iban echando sobre la segunda piel.

      – Por los truenos y los rayos! -dijo Greñas Rojas -se nota que ustedes pasaban hambre. ¡Cada uno de ustedes ha comido mucho más que yo, que soy un comilón!
        – Si, si, ¡está rico! -decían los cuatro de la casa, mientras se chupaban los dedos, arrancaban algún pedazo de carne de su hueso respectivo, o mordisqueaban las esquinas de algún hueso.

         Al final, no dejaron nada de nada, sólo los huesos sobre sus correspondientes pieles. Y después de hablar de esto y de aquello, se fueron todos a dormir.
      Pero el joven Thialfi no lograba conciliar el sueño, porque e había quedado con hambre. Así que se levantó y se acercó a las pieles de las cabras que contenían los huesos. Fue escarbando entre los huesos y se encontró el hueso de una pata y se dedicó a mordisquear el resto de carne que quedaba en él. Luego, con un cuchillo le hizo una grieta y abrió el hueso en dos, y se comió la médula (el tuétano) que estaba riquísima. Después volvió a recomponer el hueso como pudo y lo dejó donde estaba, envolviéndolo todo nuevamente en su piel de cabra. Y luego, a hurtadillas, se acostó de nuevo hasta que se quedó dormido.

         Al día siguiente, Greñas Rojas se preparó para la marcha. Tomó el martillo Miölnir y haciendo unos pases mágicos con él sobre las pieles de las cabras, las bendijo:

            – Mis cabritos, mi dientitos, rechinantes y afiladitos, vuelvan, vuelvan, regresen rapiditos.

      Entonces empezaron a oírse unos ruidos extraños, unos crujidos, algún balido de vez en cuando. Rápidamente, las cabras empezaron a recomponerse. Los huesos empezaron a juntarse solos, se llenaron de carne y luego las pieles las envolvieron. Las cabras recompuestas se levantaron vivitas y coleando, dando balidos de alegría, como su hubieran despertado de un sueñecito. Greñas Rojas las saludó y dijo:

          – ¡Vengan, vengan aquí, mis cariñitos!

      Las cabras se acercaron. Pero… una de ellas no estaba solamente vivita y coleando, sino ¡vivita y cojeando! Thor la examinó detenidamente, arrugó las cejas y soltó un gruñido. El rostro se le fue poniendo rojo de ira… tanto que se confundía con sus cabellos y barbas rojas.

      – ¿Quién se ha atrevido? ¿Acaso no dije que no rompieran los huesos? ¿Quién osó romper el hueso de mi cabra? ¡Tiene el fémur todo rajado! -Gritó encolerizado.

       Todo él parecía un volcán en erupción. Los campesinos se miraron, pero no sabían qué decir. Vieron cómo al poderoso viajero se le bajaban las cejas sobre los ojos y cómo parecían salir rayos de cólera de ellos. Aún se asustaron más cuando vieron sacando un martillo de su costado y lo levantaba amenazante.

         – ¡Voy a destruirles la casa y a todos ustedes! Les pedí, les rogué, ¡les ordené que no tocaran ningún hueso! ¡Había quedado muy claro! ¿No?

             Entonces el joven Thialfi dio un salto, se adelantó y dijo:

         – Perdonadme, señor, matadme a mí solamente, ellos no tienen la culpa. Yo no me di cuenta que era tan importante eso de no romperle los huesos».

       Y se arrodilló delante de él dispuesto a recibir el golpe del martillo. Pero Thor, al verlo tan joven e indefenso, que todavía era casi un niño, se enterneció y bajó el martillo. Él estaba alli para proteger a los débiles, no para machacarlos.

      – Bueno, bueno. -respondió gruñendo. -Has sido muy valiente diciendo la verdad y estando dispuesto a morir por salvar a tu familia. Pero para compensarnos te llevaremos con nosotros en este viaje y nos harás algunos servicios. Y si luego quieres convertirte en nuestro paje y ayudante, podrás seguir con nosotros.
       – Gracias, señor, gracias. -Dijo Thialfi, abrazándose a las piernas de Thor.
       – ¡Bueno, bueno, basta ya! ¡Levántate y prepárate para viajar con nosotros! -Reclamó Thor dando un gran suspiro.

         Al joven le gustó la idea, sobre todo poder salir de allí y ver mundo. Y entonces dejaron ahí las cabras y su carro en el establo, para que la cabra coja se fuera recuperando y se le fuera soldando el hueso.
Se despidieron de los campesinos, y Thor, Loki y Thialfi partieron en un bote de pescar que les prestó el campesino, y partieron rumbo a Yótunjaim.
      Poco antes de hacerse de noche desembarcaron, ataron el bote junto a un árbol y siguieron a pie, adentrándose en tierra. Thialfi llevaba el saco de las provisiones.

        Llevaban un buen rato caminando cuando, en lo profundo del bosque, vieron un la oscuridad una especie de edificio enorme y de extrañas formas que no alcanzaron a vislumbrar por la oscuridad. Tenía un gran portón que parecía extenderse de un lado al otro del edificio. ¿O tal vez era una gran cueva?

       – Habrá que entrar ¿no? La escarcha aquí fuera podría dejarnos congelados. -Advirtió Loki. Asique decidieron a entrar. Una vez dentro, vieron, entre la oscuridad, que estaban en un gran salón y al fondo había cinco estrechas habitaciones, estrechas y alargadas. Asique se decidieron por la más ancha de las cinco, que estaba a un extremo. Entraron en ella y se estiraron apretujados entre ellos, junto a uno de los muros. A mitad de la noche todo el edificio sufrió una sacudida, como un terrible terremoto. El suelo se movía e inclinaba. Thor, cogió su martillo, pero no lograba ponerse de pie. La cosa pasó varias veces y no lograron pegar ojo en toda la noche. Al mismo tiempo se oían unos resoplidos en el exterior.
          Al día siguiente, justo al despuntar el alba, que era como un salón grande, salieron de la habitación al gran salón, y después salieron fuera. Y se quedaron boquiabiertos. allí cerca había una figura enorme extendida en el suelo, un grandioso gigante. No era solo un gigante, sino un gigante gigantesco, durmiendo a pierna suelta. Los molestos resoplidos de la noche venían de él. El gigante se despertó y vio a los hombrecitos, que eran minúsculos para él. Y con su gran vozarrón les preguntó:

          – Hombrecitos minúsculos, ¿vieron por casualidad un guante que anoche se me perdió en el camino?

        Ninguno de ellos sabía de qué estaba hablando, hasta que vieron que el gigantón se incorporaba y miraba al extraño edificio donde habían pasado la noche, y que decía:

            – ¡Ah, ahí está mi guante!

          Y se agachó para recogerlo. Thor, Loki y Thialfi se quedaron boquiabiertos. ¡El extraño edificio con el gran salón y las cinco habitaciones al fondo era el guante del gigante!! ¡Habían dormido en el guante del gigante! Este echó mano del «edificio» y se lo encajó en su manaza. Llevaba puesto el otro «edificio» en la otra mano.

          – Casi se me congela la mano sin él. -Dijo resoplando. -Yo me llamo Skyrmir. ¿Y ustedes adónde van? -Preguntó el gigante que estaba de muy buen humor
             – Vamos a Útgard -Respondió Thor contagiado del buen humor de Skyrmir.
             – Pues yo les puedo acompañar un trecho, porque voy en esa dirección.

         Todos estuvieron de acuerdo, pero primero se pusieron a desayunar. El gigante sacó su saco de provisión y los viajeros sacaron su saco, que transportaba Thialfi. Al terminar, Skyrmir les dijo:

        – Pongan su saquito de provisiones dentro del mío y yo se los llevaré en el camino. Y así no irán tan cargados y podrán correr más cuando caminen junto a mí». Los tres le entregaron la mochila y el gigante la metió en su saco y lo cerró con un nudo.

           – ¡En marcha! -dijo.

       Y todos emprendieron el camino. Los hombrecitos iban lo más rápido que podían y el gigantón procuraba caminar superlento, super, superlento, para mantenerse a su lado. De vez en cuando se salía del camino se daba una vuelta y volvía, para no llevarles demasiada ventaja. Ellos parecían ratoncitos corriendo nerviosos junto a él.

           Al caer la tarde se sentaron. Y Skyrmir dijo:

         – Yo no tengo ganas de cenar. Yo no comeré esta noche. Ustedes simplemente abran mi saco y saquen su saco de provisiones. ¡sírvanse ustedes mismos!

           Entonces se acostó al lado de un roble, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Sus ronquidos hacían vibrar el suelo y las hojas del roble bajo el que se había acostado revoloteaban a cada respiración que salía de su boca.
        Thor se subió, o mejor dicho «escaló» el saco de Skyrmir, pero por mucho que estirara de sus nudos, no logró abrirlo. Loki y Thialfi escalaron el saco hasta llegar arriba, para ayudar a Thor.

           – Tú agarra por allí, yo estiraré desde aquí, y tú aguanta por allá.

            Pero, nada de nada. No se movía ni un ápice. No lograron desatar el dichoso saco de las provisiones.
Thor empezó a resoplar, acabó impacientándose. Se le encendió el rostro, se puso rojo, casi tan rojo como sus cabellos. Agarró el martillo Miölnir, se acercó al durmiente Skyrmir y ¡le asestó un descomunal golpe sobre el cráneo! Skyrmir se despertó y, medio dormido, dijo:

            – ¡Vaya!, ¿acaso un mosquito me ha picado y me despertó?

            Miró a Thor, que estaba a su lado, martillo en ristre, y le preguntó:

            – ¿Cenaron ya? ¿No creen que debieran irse a dormir? Mañana tenemos mucho camino por delante.

           Y antes de darle tiempo a Thor para responder, se dio media vuelta y volvió a dormirse. Al final, los tres, Thor, Loki y Thialfi, se recostaron junto al roble para intentar dormir. Pero el ruido de su estómago vacío no les dejaba pegar ojo. Thor se cansó, se levantó y, blandiendo de nuevo el martillo, se acercó al gigantazo. Se puso ante él y le propinó un tremendo golpe en la coronilla, tan fuerte que el martillo se le hundió en la cabezota. Skyrmir volvió a despertarse.

             – ¿Qué pasa ahora? Supongo que se me cayó alguna bellota en la frente.

          Se dio la vuelta y siguió durmiendo como si nada. Thor no descansaba. Así que un poco antes de que amaneciera, se dirigió otra vez con el martillo hacia el gigante, y, con todas sus fuerzas, le sacudió un martillazo monumental en la sien. El martillo se hundió hasta el mango. Skyrmir se frotó la mejilla, como para rascarse, y dijo:

            – ¡Malditos pajarillos asquerosos!, ¡Seguro que uno de ellos se ha hecho sus necesidades sobre mí!

         Entonces se dio cuenta de que amanecía. Se desperezó y bostezó. Los tres se asustaron al ver aquella bocaza. Se sintieron en peligro de ser succionados, de ser tragados hacia esa cueva inmensa que era su bocaza. Entonces Skyrmir abrió ¡por fin! su saco y todos se pusieron a comer.

            – ¡Parece que tienen hambre! -exclamó el gigante- ¿Es que no comieron anoche?

         El comentario les corroía por dentro, pero no tenían tiempo de enfadarse, sino de comer y comer. ¡Había que aprovechar la Luego se levantaron y reemprendieron el camino! Entonces, se pusieron a conversar. Skyrmir les decía:

          – ¡Cada vez que voy a Útgard me siento tan pequeño! Yo soy un enano al lado de ellos, porque ellos son mucho más grandes y fuertes que yo. Cuando les vean a ustedes tan pequeñajos seguro que les cogerán como mascotas. A todos los niños les encantaría tener hombrecitos muy pequeñitos, como figuritas vivas para jugar con ellos, hacerles casitas de muñecas, meterlos y sacarlos de aquí y de allá, meterlos en tarros de vidrio.
        Los tres tragaron saliva mientras oían esos espeluznantes comentarios. ¡Eran tan pequeños que el gigante no alcanzó a ver que tenían los pelos bien parados!

         – Pero, bueno, -prosiguió el gigante- si ustedes insisten en seguir, allá ustedes. Yo tengo que separarme aquí, porque desde este punto mi camino va en otra dirección.

        Asique se despidieron, y oyeron alejarse al gigantón. Luego, con el corazón en un puño, siguieron adelante hacia la ciudad de Útgard, el Ásgard de los gigantes.

         Finalmente llegaron a una llanura y al fondo se veía un muro altísimo del que no se veía el final. Llegaron hasta allí y descubrieron una enorme puerta enrejada, se colaron por la parte da abajo de las rejas. Una vez dentro se veía un enorme palacio en el centro de una plaza y hacia allí se dirigieron.
           Al entrar parecía que los estuvieran esperando. Una multitud de gigantes estaban sentados alrededor de dos mesas, uno de ellos era el rey de Útgard, que al verlos entrar, les saludó.

         – ¡Vaya, vaya! Así que tú eres el famosísimo Thor, el del carro de las dos cabras. ¿No? Yo te hacía un poco más grande, se te ve muy pequeñajo. Pero seguro que debes saber cosas muy importantes por la fama que tienes. ¿Qué habilidades tienen ustedes que puedan poner a prueba con nosotros?

              Loki estaba hambriento, así que dijo:

             – Nadie en esta sala es capaz de comer tanto como yo.
            – ¡Estupendo! A nosotros nos gustan los concursos y las pruebas».

          Así que soltó un silbido y aparecieron unos sirvientes cargados de comida que colocaron en los dos extremos de una mesa.

         – Bueno, aquí tenéis a uno de mis súbditos, Echachispas, él te desafía a ver quién de los dos se acaba antes la comida.

         Loki se sentó en un extremo de la mesa junto a su comida y Echachispas en el otro con la comida asignada para él. A una señal, se precipitaron sobre la carne y empezaron a devorar frenéticamente. Loki se comió toda la carne, dejando limpios los huesos y lamiendo toda la salsa. Pero cuando levantó la mirada triunfante, vio que Echachispas se había comido la carne, los huesos y hasta su mitad de la mesa, que era de madera.

          – Me han decepcionado, -dijo el rey gigante. -¿No saben hacer algo más?

            Y en eso se adelantó el joven Thialfi diciendo:

           – A mí nunca me ha ganado nadie a la carrera.
         – ¡Fantástico! -exclamó el rey- Aquí tenemos a uno de nuestros campeones, mi paje, llamado Ingenioso, vamos a ver quien llega antes.

        Salieron y vieron un camino que daba una vuelta circular, parecía justamente una pista ideal de carreras. Decidieron dar tres rondas de tres vueltas cada una. En la primera ronda Thialfi y el Ingenioso llegaron juntos, y Thialfi sonrió, hasta que averiguó que Ingenioso habia dado dos vueltas y él sólo una. En la segunda ronda, cuando el sudoroso Thialfi llegó a la meta, Ingenioso lo estaba esperando: había dado tres vueltas y media, mientras Thialfi recorría la primera. En la tercera ronda se oyó el pitido de salida y antes de que Thialfi adelantara el pie para empezar a correr Ingenioso había salido, dado la vuelta y llegado a la meta.

            – ¡Qué decepción! -dijo el rey- Yo creía que ustedes eran mejores. ¡Seguro que te guardas algún secreto, Thor, porque he oído hablar mucho de tus hazañas! No creo que ustedes sean tan blanduchos como han demostrado hasta ahora. Vamos, vamos, que seguro que saben hacer mejores cosas y nos lo están ocultando. Y tú, Thor, ¿qué sabes hacer que sea digno de desafiarnos?
            – Yo soy capaz de beber lo que se me ponga por delante. -replicó Thor algo molesto.

         – ¡Qué bueno! Precisamente nuestros jóvenes han estado bebiendo de este cuerno que utilizamos para las apuestas de bebida. -Replicó el rey convencido de que no podrían ganar tampoco esta vez.

           Inmediatamente, un joven gigante presentó un enorme cuerno que se extendía por todo lo largo de la sala y su punta se perdía entre las sombras. Thor agarró el borde con las dos manos y observó la enorme abertura, que era como una gigantesca cueva.

          – La verdad es que parece un barco para beber y veo que está casi lleno. ¡Nunca vi un cuerno tan grande! -exclamó asobrado Thor.
          – Dicen que el cuerno perteneció a la vaca cósmica Audumla. Nosotros calculamos que un buen bebedor puede vaciarlo en un trago. A algunos les lleva vaciarlo un par de tragos. Y algún inútil consigue bebérselo entero en tres tragos. -Espeto el rey- Pero nuestros jóvenes creen que tú no serás capaz de bebértelo todo de un trago.

            Thor estaba extremadamente sediento y replicó enojado:

            – ¿Cómo? ¡Nadie hasta ahora ha ganado a Thor en la bebida! ¡Venga el cuerno!

           Agarró el cuerno por los bordes, lo inclinó un poco y se puso a beber. Glu, glu, glu, glu… Al final a Thor le faltó la respiración y tuvo que soltar. Miró dentro, pensando que casi lo habría vaciado. Pero cual no fue su sorpresa cuando vio que el nivel parecía el mismo que antes de empezar a beber. Tal vez habría bajado algunos milímetros. No podía creérselo.

       – ¡Vamos, vamos, Thor! No vayas a desengañarnos ahora, no puede ser que seas tan flojo! -se burló despectivo el rey gigante.

          Thor empezó a enfadarse, agarró el cuerno y se puso a beber frenético. Glu, glu, glu, glu… Estuvo casi el doble de tiempo que la primera vez, pero ya no podía retener tanto la respiración y tuvo que soltar. Miró dentro del cuerno y el nivel casi no había bajado, tal vez algún milímetro… ¡No podía creérselo!

         – ¡Vaya, Thor! ¡Vamos a tener que dejar de creer que eres un dios tan poderoso como dicen! -Dicho esto, todos se rieron a carcajadas.

          Thor emanaba una rabia incendiaria. Su cara se puso roja, tan roja como sus cabellos. Se abalanzó una última vez sobre el cuerno y se puso a beber desaforadamente… glu, glu, glu, glu… Al final no tuvo más remedio que soltar, para poder respirar. Miró dentro. Esta vez el nivel había bajado mucho, pero menos de la mitad. Enfurecido, dio un empujón y apartó el cuerno de sí, diciendo:

          – ¡Puaj! ¡Estaba demasiado salado!
        – Es obvio que no eres tan buen bebedor como creíamos. Pero vamos, ¿qué otras cosas sabes hacer? -le preguntó el rey.

           – ¡Cualquier cosa! -dijo irreflexivamente Thor.
           – Aquí los niños pequeños practican un juego cuando quieren presumir. Consiste en levantar a mi gato.
           – ¡Venga, a ver ese gato! -gritó Thor.

          Hicieron entrar al minino: ocupaba casi toda la sala de un lado al otro. Tenía un hermoso pelaje gris tornasolado y rayas como de tigre. Hermoso gato, ¡y también gigantesco! Thor le puso la mano derecha bajo la panza y empezó a empujar hacia arriba. Pero cada vez que Thor empujaba el gato arqueaba el lomo. Thor se puso de puntillas debajo del gato y, como mucho, sólo llegaba a tocarle los pelos de la panza.

           – ¡Creo que no podrás! -le dijo riendo el rey gigante- Eres demasiado pequeño.

           Efectivamente, Thor sólo había conseguido que el gato despegara una pata del suelo.

       – Tal vez el gato sea demasiado grande para mí, pero que se acerque alguien para pelear conmigo, sin armas! ¡Ya estoy empezando a enfadarme! -gritó Thor iracundo.
       – Ningún gigante cree que vale la pena pelear con alguien tan pequeñajo. Pero espera… ¡Tenemos a mi abuela! -dijo el rey, y luego ordenó que llamaran a la vieja abuela Eli para ver si Thor podría, al menos, tirarla al piso.
          Antes de que Thor pudiera protestar apareció en la sala, cojeando y renqueando, una mujer muy vieja. De cabello blanquísimo como la nieve, el rostro era una acumulación de arrugas, y sus ojos vidriosos y gastados. La espalda encorvada por el peso del tiempo y caminaba insegura, tanto, que parecía que con un soplo se caería como una pluma. Además, era durísima de oído y el rey acercó la boca a su oído para gritarle:

            – ¡¡¡Abuela!!! ¡Quiero que eches un pulso con Thor, uno de los dioses!»
            – ¿Cómo?
            – ¡¡Quiero que eches a Thor al suelo!!
            – ¿Quién es que necesita consuelo?
            – ¡Que no! ¡Que tires a Thor al piso!
            – Que quieres que te haga un guiso? 

           El rey gigante empezaba a desesperarse y dio un grito espantoso dentro del oído de la anciana, que pudo oírse por todos los alrededores de Útgard.

              – ¡¡¡Quiero que tumbes a Thor, pero que no te dejes tumbar por él!!!

          La anciana comprendió por fin y miró al minúsculo Thor que la estaba esperando desafiante. Thor empezó a dar vueltas a la anciana y pensó poner fin a aquella pantomima de una vez. Seguro que una combinación de bala de catapulta al estilo «diablo volante» y una triple llave «quiebraespaldas» bastarían para tumbar a la anciana.
         Thor saltó sobre ella como una bala, pero rebotó. Parecía haber chocado contra un muro de hierro. Luego intentó agarrarla e intentó zarandearla adelante y atrás, pero no se movió ni un ápice. Era como una gran columna inamovible. Luego la anciana empezó a moverse, como en cámara lenta, agarró a Thor e intentó llevarlo al piso. Thor se resistía y acabó poniéndose de rodillas. Pero no lograba zafarse y ella intentaba que acabara con la espalda en el suelo. A Thor se le ponía el rostro colorado, pero se mantenía con la rodilla hincada que parecía horadar el suelo. Hasta que el rey dijo, bastante decepcionado:

           – ¡Basta abuela! ¡Déjalo ya!

           Pero la abuela estaba sorda y no escuchó la indicación del rey. Seguía combatiendo con Thor con todas sus fuerzas.

          – ¡He dicho que basta, Abuela! ¡Déjalo ya… que se vaya!
       El rey refunfuñó decepcionado. Ahora que empezaba a divertirme, no hay derecho… Thor acabó cayendo al ceder de repente la enorme presión. La anciana dio media vuelta y abandono el lugar, rezongando.

          – Vengan a comer y a beber, ya hemos tenido bastantes juegos por hoy. -Dijo el rey. Alli bebieron y comieron, pero Thor no tenía sed y Loki no tenia hambre. Sólo Thialfi lo aprovechó todo. A la mañana siguiente, Thor y sus compañeros abandonaron Utgard. El rey los acompañaba. Cuando ya estaban a campo abierto, el rey gigante le dijo a Thor.

               – Estás satisfecho del viaje?
               – La verdad, no mucho. Pues no he acabado de digerir tantas derrotas. -Rrespondió Thor.
             – Un poco de humildad es una buena medicina. Pero ahora que han salido de mis dominios les revelaré un secreto. En el futuro, si puedo impedirlo, no les dejaré poner los pies en mi fortaleza. Lo que han hecho ustedes en Útgard nos ha puesto a todos al borde de la destrucción. Aquella noche, la primera que pasaron en el bosque, yo era el gigante disfrazado Skyrmir, el del guante, y que les acompañó un trecho. Yo cerré la bolsa de las provisiones y la había atado con alambre mágico. Por eso no había manera de que pudieran abrirla. Cuando me diste el primer golpe con el martillo, ya habría sido suficiente para matarme. ¿Y cómo es que no me mataste? Pues porque allí había un enorme peñasco y yo lo trasladé hasta allí y lo puse en mi lugar. Yo les hipnotice para que creyeran que era mi cabeza mientras dormía. «Lo mismo pasó con los dos golpes después. Si llegan a darme a mí ya estaría muerto. Por eso, al día siguiente, vieron por allí cerca un peñasco con un gran hoyo, y una montaña con dos cuevas gigantescas. Todo ello eran las huellas de tu martillo, Thor.
              – ¿Y qué pasó con las pruebas de Útgard? -preguntó Thor asombrado.
        – Cuando Loki comió en el concurso lo engulló todo con rapidez, pero su oponente era un fuego desencadenado y no le costó nada quemarlo todo, incluso los huesos y la mitad de la mesa. Cuando Thialfi, el muchacho corrió en la carrera, su oponente en realidad era un pensamiento surgido de mi cabeza. Y tú ya sabes que el pensamiento está allí donde piensa, instantáneamente. Cuando bebiste del cuerno, pensabas que ibas avanzando poco. Tus tragos fueron realmente un prodigio. Nadie habría podido hacerlo. Porque el extremo del cuerno, sin que tú lo supieras, estaba sumergido en el océano. ¡Te estabas bebiendo el mar! ¡Y en verdad te bebiste casi medio océano! Cuando lleguen al mar ya verán cómo se ha alejado la costa y encontrarás grandes zonas del fondo al aire libre.
               – ¿Y el gato? -preguntó Thor.
              – Cuando el gato estuvo a punto de despegar la segunda pata del suelo, todos los gigantes se pusieron a temblar. Por suerte sólo lograste levantarle una. «Porque el gato, en realidad no era un gato, sólo parecía un gato, porque ustedes estaban hipnotizados. En realidad, era la serpiente mundial. Y todos sabemos lo que pasará cuando la serpiente se saque la cola de la boca. ¡Será el fin de todos! dioses, gigantes, hombres, enanos… Y en cuanto a la anciana abuela, Eli, nadie puede vencerla, porque ella es la vejez en persona». «Así que, a partir de ahora, les ruego que no vuelvan por aquí, porque estaré dispuesto a defender mi país con encantamientos potentes.

               Thor no salía de su asombro. Enfurecido, buscó su martillo dentro de la camisa, pero al sacarlo, el rey gigante había desaparecido, y también la ciudad de Útgard.
              Al final dieron media vuelta y regresaron. Encontraron la barca donde la habían atado, la arrastraron a la orilla, pero tardaron mucho en encontrar la orilla del mar, porque el mar se había retirado mucho al quedar tan disminuido. Luego navegaron en ella y llegaron a la casa del campesino donde recuperaron las dos cabras sanas.

             Loki, Thor y Thialfi se despidieron, los tres se montaron en el carro y se dejaron llevar raudos hacia Ásgard por las fieles Rechinadientes y Afiladientes.

          La muerte de Baldur

        Una noche, Baldur el bueno, tuvo una pesadilla y soñó que su vida se veía amenazada. Odín se quedó alarmado por ese sueño de Baldur, se subió al Alto Nido y se sentó en el trono desde donde se veían los nueve mundos. Cerró los ojos y notó que en su imaginación aparecían remolinos de niebla y copos de nieve. Estaba viendo un rincón de Nifeljaim. Captaba niebla espesa y frío, y allí en medio se vislumbraba un pequeño túmulo de tierra cubierta por la nieve. Era una sepultura. Allí estaba enterrada la vidente Volva.

          – Eso quiere decir que tengo que consultar al espíritu de Volva. -Se dijo. Asique, a la mañana, y sin ser visto, se montó sobre Slaipnir y empezó a galopar cielos abajo. Llegó cerca de Jel. Era oscuro y frío y allí estaba la boca del inframundo, de dentro se oían los aullidos y gruñidos del perro Garmr, el espantoso y sanguinolento guardián de las puertas del infierno. Cuando la bestia reconoció a Odín, el Padre de Todos, gimió y se escondió en un rincón. Odín pasó tranquilamente, pero procuró no hacer ningún ruido, pues no quería que la reina supiera que estaba allí. Fue recorriendo el lugar, sigiloso, agudizando los oídos. Y entonces, notó que en el palacio de la reina Jel había mucha actividad. Parecía como si estuvieran preparándose para recibir un huésped importante. Fue tanteando con Sláipnir hasta llegar al muro oriental de Jel y allí estaba la tumba que buscaba.
           Se bajó del caballo y de pie, frente al túmulo, empezó a concentrarse. Formuló cábalas y runas mágicas llamando al espíritu de quien ocupaba la sepultura.

           – ¡¡¡Yérguete, ven a mí, háblame, espíritu de Volva la sabia y anciana vidente!!!

           Poco a poco, fue apareciendo una cabeza con cabellos grises, con rizos de elfo y con el cráneo brillante. Ella tenía un ojo que veía hacia atrás, hacia el pasado más remoto, hacia el oscuro agujero del tiempo olvidado. Y delante, los ojos normales con los que veía el presente, y un tercer ojo en medio de la frente con el que veía el futuro, hasta el tiempo en que ya no vaya a pasar nada más en el mundo. Y con una voz cavernosa y de ultratumba dijo:

           – ¿Quién me molesta en mi descanso? -preguntó el espíritu.
           – Soy Explorador, hijo de Batallador, vengo de Ásgard y quiero saber para quién son los preparativos, los almohadones, las mesas de banquete en Jel. ¿A quién piensan recibir?
           – La cerveza y el hidromiel están listas para Baldur, hijo de Odín. Jel estará contento, Ásgard se quedará triste. ¡Y ahora déjame marchar! He hablado contra mi voluntad.
           – ¡Espera! No he acabado mis preguntas. Díme, yo te conjuro ¿quién matará a Baldur?    

         – La mano de Jodur, el dios ciego, llevará la rama fatal. ¡Y ahora déjame marchar! He hablado contra mi voluntad.
          – ¡Espera, Volva, quédate! ¿Quién vengará la muerte de Baldur?
         – Rinda, la doncella dará a luz un hijo de Odín y se llamará Vali. Él vivirá en las cavernas del poniente. Ni se lavará las manos ni se peinará hasta que haya llevado el cadáver de Jódur a la pira funeraria. Ahora déjame. Hablado contra mi voluntad. ¡Déjame marchar!
     – ¡No, espera, Volva! ¡Yo te conjuro con las mágicas runas! Respóndeme a una última pregunta. ¿Qué palabra susurrará Odín en el oído de su hijo muerto Baldur sobre la pira funeraria?

           La anciana gritó, abriendo la boca tan monstruosamente que parecía un abismo:

        – ¡Tú no eres Explorador, hijo de Batallador, tú eres Odín, pues sólo Odín sabe que dará un mensaje a su hijo muerto, y sólo Odín conoce ese mensaje!

           Odín se entristeció. Se despidió de la anciana, se montó en Sláipnir y regresó cabalgando hacia Ásgard.
Una vez allí, no dijo nada de su viaje a Jel. Sólo le dijo a los dioses que la vida de Baldur estaba en peligro y que había que tomar medidas para protegerlo.
         Frig, la esposa de Odín, la madre de todos, exigió al fuego y al agua, al hierro y a todos los metales, a los árboles, a las enfermedades, a las bestias y a los pájaros, a los venenos y a las serpientes que no perjudicaran jamás a Baldur. Como todos amaban a Baldur, el bueno, todos lo prometieron.
         El resultado fue que, desde entonces, Baldur nunca se cortó con un cuchillo, ni se rasguñó la piel con una roca, ni se pinchó con un alfiler, ni se golpeó la cabeza. Así que se convirtió en un deporte para sus hermanos en las fiestas que se pusiera de pie en el centro de la sala y que todo el mundo le tirara flechas, lanzas, piedras o tratara de herirle con una espada. Y él nunca recibía daño alguno.
           Pero Loki no estaba contento con ello y se devanaba los sesos para averiguar alguna forma de herir a Baldur. Así que una mañana, una vieja arpía vestida con chales, de nariz larga y con verrugas, y con ojos llenos de legañas, se acercó al palacio de Frig. Después darle de comer y beber, la llevaron a la sala donde estaba Frig y ella le preguntó por noticias.

           – ¿Qué hacen los dioses en las reuniones?, preguntó a Frig.
           – Creo que trataban de matar a Baldur. -respondió la esposa de Odín
         – No creo que quieran perjudicarle. Aunque -preguntó inquisitiva- ¡Pude verlos cómo le lanzaban lanzas, flechas y piedras e iba sin armadura!
        – Es que nadie puede dañar a Baldur. -respondió con serenidad Frig. -Los elementos nos dieron su palabra.
           – ¿Entonces, es que todas las cosas han jurado proteger a Baldur de cualquier daño?», inquirió aún más la arpía.
       – Sí, todas. O, mejor dicho, casi todas. Hay un brote muy joven que crece sobre un roble, se llama muérdago. Es muy inmaduro para pronunciar juramentos. -aclaró Frig.

           La vieja arpía se despidió, se dio media vuelta sin dar las gracias por la hospitalidad y salió de allí rauda y veloz. Se fue al bosque al otro lado del Valjala y no tardó en encontrar el muérdago. Tenía hojas de color verde claro y unos pequeños frutos blancos que parecían como perlas. Loki, que se había quitado el disfraz, cortó una espina de muérdago y la ató a un venablo. Luego se dirigió a la sala de los dioses. Se estaban divirtiendo en grande. No paraban de arrojar todo lo que encontraban a mano contra Baldur.

          Pero uno de los dioses estaba en un rincón, triste porque, aunque sabía lo que pasaba, no veía por qué se reían tanto los demás dioses, pasándoselo en grande. Era Jodur, el dios ciego. Jodur oía las risas, el ruido, los golpes, y de repente le pareció oír una voz que le susurraba al oído.

          – ¿Por qué no le tiras nada a Baldur?
        – Es que no puedo verle. Y, además no tengo nada que tirarle. Los dioses no quieren que use espadas y cosas así, no sea que me lastime. -Contestó Jodur.
         – Ven conmigo, juega tú también. Yo te acompañaré hasta donde Baldur y tú le puedes tirar este venablo que llevo aquí. -Le susurraba Loki.

          Este lo acompañó y cuando estuvo junto a Baldur, Jodur tomó el venablo con la espina de muérdago que le pasaba Loki. Los dioses se detuvieron al ver a Jodur, un poco sorprendidos y medio divertidos.

         – ¡A ver qué va hacer nuestro cieguito! -Se preguntaban. Jodur lanzó el venablo con todas sus fuerzas y fue a clavarse en el corazón de Baldur, y éste cayó fulminado, muerto al instante.

            Hubo un grito de horror que resonó por toda la sala.

         – ¿Quién ha sido capaz de hacer esto? -Gritaron al unísono.

          Nadie culpó a Jodur, que no sabía muy bien lo que estaba pasando. Odín se entristeció, porque ese era el principio del fin. Cuando todos se calmaron, Frig habló a los presentes:

         – ¿Quién bajará a Jel para encontrar al espíritu de Baldur? ¿Quién le preguntará a la reina Jel cuál es el rescate que ella exige para que Baldur retorne a Ásgard?

         Y ahí se adelantó Jérmod, el rápido, hijo de Odín y Frig. Se ofreció voluntario, tomó a Sláipnir y se precipitó hacia Jel.
            Mientras tanto, los dioses levantaron el cadáver de Baldur y lo llevaron a la orilla del mar. Allí estaba el barco de Baldur. Lo colocaron sobre él, haciendo allí una pira de fuego. Nanna, su esposa se acercó a la pira y expiró junto a su esposo muerto, lanzándose sobre el fuego.
         El barco llameante se alejó de las orillas de Ásgard y se fue perdiendo en la distancia… hasta hundirse totalmente carbonizado en el profundo mar.
        Jérmod cabalgó nueve días y nueve noches hasta llegar al río Gioll. Al atravesar el puente, la guardiana Modgud se le interpuso:

           – ¿Quién eres tú que tienes la sangre caliente? ¿Por qué vas a Jel si no estás muerto?
           – Voy a Jel a buscar a Baldur. ¿No lo has visto pasar?
           – Sí, y también vi pasar a su esposa Nanna. Ve en aquella dirección y llegarás. -Y le cedió el paso.

           Al llegar a Jel, saltó con Sláipnir por encima del portón. Luego se bajó del caballo y entró en la gran sala. Allí vio a su hermano Baldur y a Nanna, sentados en unos tronos. Lo invitaron a comer y a beber y a quedarse aquella noche. Al día siguiente le rogó a la reina Jel que dejase volver a Baldur y a Nanna a Ásgard. Pero Jel permanecía fría. Tanto insistió Jérmod que al final ella pareció calentarse, y le dijo:

           – Si, como dices, todo el mundo ama a Baldur porque es tan bueno, dile a Frig que hago un pacto con ella: Si todas las criaturas de arriba, vivas y muertas, realmente lloran a Baldur, entonces lo devolveré a los dioses. Pero si hay uno solo que hable en contra suya, tendrá que quedarse aquí

           Jérmod se apresto para salir y en la puerta, Baldur se quitó el anillo Draupnir para dárselo a Odín como regalo. Jérmod partió veloz, y cuando comunicó el mensaje a los dioses, éstos enviaron mensajeros a todo el mundo superior, para pedir a todos que lloraran por Baldur.
          Todos le lloraron: dioses, hombres, bestias, tierra, piedras, árboles, metales (incluso hoy lloran cuando se calientan) Hasta que se encontraron con una anciana sorda. Al pedirle que llorara, ella no los oía. Le insistieron, le rogaron, y ella finalmente dijo:

          – Me llamo ojos secos y no voy a llorar por Baldur. De hecho, él nunca me gustó. ¡Que se quede en Jel, donde pertenece!

           Los dioses se quedaron desconsolados. Por una sola criatura del mundo, Baldur estaba condenado a permanecer en Jel. Los dioses averiguaron más tarde quién era aquella odiosa anciana, quién era la arpía y quién había inducido a Jódur a matar a su hermano Baldur. Y decidieron acabar con Loki.

           LA VENGANZA DE LOS DIOSES

         Loki sabía que lo que había hecho era terrible y que los dioses lo iban a castigar terriblemente. Asíque, desapareció de la vista. Pero a Odín no se le escapaba nada cuando estaba en el Alto Nido. Pronto, acabó viendo cómo Loki se había construido una casa en una montaña lejana. La casa tenía puertas y ventanas por los cuatro costados, para ver a cualquiera que se acercase y poder escapar antes de verse rodeado.
      Durante el día, Loki se transformaba en salmón en una laguna bajo una cascada llamada Fuerza Reluciente. Por las tardes se dedicaba a tejer una red de pescador y se ponía a pescar con ella. Odín organizó entre los dioses una partida de cazadores para atrapar a Loki.

        Era de noche y Loki estaba tejiendo su red, sentado junto al fuego. Pero por una de las cuatro ventanas pudo ver cómo se acercaban los dioses. Súbitamente. Arrojó la red sobre los troncos y las brasas del fuego del hogar y salió como un rayo para escapar.
      Los dioses irrumpieron como una tromba en la casa, guiados por el sabio Kvasir. Éste vio el fuego y las cenizas de la red, y vio unas escamas de salmón sobre la silla.

        – Loki ha estado pescando. -Exclamó. -Y creo que se oculta bajo la forma de un pez.

        Los dioses empezaron a preparar redes de pescar, siguiendo el modelo de la que había en las cenizas.

     Al día siguiente fueron a la laguna de cascada Fuerza Reluciente. El ruido de la cascada era atronador. Thor cogió el extremo de la red desde un lado de la laguna, y los otros dioses tenían el otro extremo desde la otra orilla. Y echaron la red. Loki, desde abajo, pudo ver cómo se la acercaba la red. Dio un coletazo enorme y se quedó en el fondo entre dos rocas. La red pasó por encima y no llegó a atraparlo.

      – ¡Esperen -dijo Kvasir- vamos a poner piedras en los extremos de la red, para que no se nos escape por debajo de ella!

       Loki movió su cola con vigor y salió disparado fuera del agua, proyectándose por el aire. Saltó hacia arriba en las corrientes de agua que se precipitaban. Frey corrió a situarse en la parte superior de la casada.
Loki volvió atrás hacia la laguna, pero Thor le estaba esperando con las manos como garras. Y consiguió atraparlo. Se le resbalaba por las manos, pero consiguió afirmarle bien la cola y la apretó.

       – Mejor será que vuelvas a tu forma normal si no quieres que te ahogue aquí mismo, manteniéndote en el aire.

        Loki se transformó y se encontró colgado de los talones cabeza abajo. Esta permanecía ahora bajo el agua. Thor tenía ganas de dejarlo así para que se ahogara. Pero los demás dioses gritaron:

          – ¡No, no! ¡Llevémoslo al inframundo y dejémoslo encadenado allí para siempre!

         Entonces lo llevaron a un horrible hoyo negro, no lejos del lugar donde habían atado al lobo Fénrir. Thor recogió tres piedras del suelo de la cueva y las puso de pie, y en la parte de arriba les grabó una runa. Pero, para atarlo sobre ellas no serviría cualquier cosa, sólo serviría un lazo mágico. Asique, Odín mandó que capturaran a los dos hijos de Loki y Sigunn: Vali y Narfi. No les costó encontrarlos: estaban juntos, y entonces los dioses decidieron hechizar a Vali y convertirlo en lobo. Y cuando el lobo vio a Narfi, que ya no reconocía como hermano, sino como a un joven y apetitoso humano se le lanzó sobre el cuello y lo mató.
         Los dioses entonces le sacaron las entrañas a Narfi y con ellas hicieron cuerdas para atar a Loki Este quedó boca arriba sobre las tres piedras: una bajo los hombros, otra bajo las quijadas, y la tercera bajo el hueco de las rodillas. Con las entrañas mágicas y unos hierros quedó bien encadenado a las rocas.
           Skadi, la giganta, esposa de Niord, atrapó una serpiente venenosa y la colocó en una rama por encima de Loki. Lo cogió por la cola y la serpiente empezó a derramar su veneno en la cara de Loki.
      Al tocarle el veneno los ojos, Loki se vio preso de terribles convulsiones. Pero Sigunn, su esposa, continuaba fielmente a su lado y prometió quedarse allí para siempre si le dejaban una palangana con la que conseguía frenar las gotas del veneno.
         Los dioses consintieron, y una vez bien asegurado Loki regresaron a Ásgard. De ese modo Sigunn se quedó pacientemente sentada junto a su esposo en aquella tétrica y viscosa caverna, con las manos levantadas sosteniendo la palangana hasta que se llenaba de veneno. Y cuando rebosaba se apresuraba a vaciar el veneno. En esos pocos instantes caían siempre gotas de la boca de la serpiente sobre la cara de Loki y este se estremecía en convulsiones y todo Midgard temblaba como por un terremoto.
          Así permanecerá Loki atado hasta que llegue el Ragnarok