Aula Universaletras

Ofrecemos una serie de lecturas con sus actividades que fueron dictadas en algunas escuelas de la Zona Sur de CABA.

La nota de opinión

La nota de opinión

           Introducción

         Los puntos de vista respecto de un tema son un aspecto natural de las conversaciones cuando se trata cualquier tema. Los puntos de vista pueden ser coincidentes o divergentes. Así, cada persona tiene un punto de vista particular respecto de un tema. Esto se debe a que nuestro cerebro procesa un mismo suceso de acuerdo con las experiencias de vida que hemos incorporado. La expresión que ofrecemos en una conversación basada en nuestro punto de vista se llama opinión

       Por ejemplo, cuando un amigo nos cuenta un chisme acerca de alguien que conocemos, suele agregar al hecho que realmente ocurrió su propio punto de vista. O cuando le contamos a un amigo algún problema que tenemos, no solo contamos el suceso sino nuestra propia apreciación de él, y si solicitamos consejo, nos darán uno, agregando su pinto de vista, según las experiencias que este haya adquirido. En todas estas situaciones, opinamos, expresamos nuestro punto de vista y nuestra propia forma de pensar. 

         Dentro de la conversación y el género dialogal, existe un estilo de intercambio llamado «La nota de opinión». En este tipo de texto, el enunciador, presenta su propia opinión acerca de algo y la fundamenta, apoya o justifica con distintos argumentos con la intención de que el lector termine pensando como él. Quien la escribe trata de plantar un punto de vista (propio o ajeno) y de convencer o persuadir a otra persona de que aquello que afirma «es así» y no de otra manera. Para que esto suceda, es importante que lo expresado sea creíble, es decir, verosímil, más allá del tema que se trate.

       Leamos el siguiente texto extraído de https://www.pagina12.com.ar/2000/suple/radar/00-08/00-08-27/pagina3.htm

MUTANTES (por Claudio Ugarte)

          Detesto profundamente al comic, pero mucho más a los adultos que profesan el culto, los que sostienen que el comic es arte –o puede serlo–, y le encuentran recónditas significaciones epocales –no olvidarse de decir esta palabra–, y lo consideran a la altura de la novela. Los motivos no son misteriosos: estamos ante infradotados mentales que no han dejado atrás la edad del pavo y prefieren, claro está, leer historietas –que así se llaman, no comics– a leer novelas, o a leer historia. En el culto al comic subyace lo peor de la infantilización progresiva de la sociedad, ese nuevo estado donde la adolescencia se prolonga hasta entrados los treinta años, a partir de los cuales empieza a operar una especie de rejuvenecimiento permanente.
          Los amantes del comic sostienen una operación de rescate, o de redescubrimiento, como si fuera posible rescatar o redescubrir lo que nunca existió. Cuarentones y cincuentones disfrazados, en perenne juvenilia, de jeans gastados y rotos, zapatillas blancas cada vez más sucias y la infaltable colita de pelo gris rematando la nuca de una cabeza cada vez más calva, disfrutan como púberes hurgando en los comercios especializados, emprenden esotéricas buscas por Internet tratando de conseguir esos garabatos “de culto” impresos en un desaparecido taller gráfico en Chicago en el año 1936, se excitan como los “CRASH!”, “BOING!” y “BOOOOOOOMMM!” que salpican vistosamente las peripecias de sus superhéroes de chicos coleccionistas de figuritas. (De paso, nada les gusta más que intercambiar incunables “de culto” con chicos de verdad.)
            Dentro de esta enfermedad, ha surgido una especie de metástasis al cubo, que es la adaptación de comics al cine. No me refiero aquí al Batman de Tim Burton, porque su desmesura le posibilitó salir de los “¡pim, pam, pum!” de rigor hacia la construcción de una pesadilla expresionista poco accesible para la comprensión cabal del cómico cuarentón promedio. En cambio no pude encontrar ningún placer en la recientemente estrenada X-Men –salvo, es cierto, la contemplación del rostro de la actriz Famke Janssen, y esto por razones ajenas a la película. En realidad, y como diría un crítico de cine, “es una película ideal para chicos de todas las edades, desde los ocho hasta los ochenta años”, frase que describe magníficamente la parábola que va de la ingenuidad infantil al reblandecimiento senil. Sin embargo, la película es “sólo apta para mayores de 13 años”: justo la edad a partir de la cual su atractivo debería cesar.
        Pero vayamos al argumento: una raza de mutantes de poderes excepcionales irrumpe a los ojos de una detestable humanidad de seres comunes, epitomizados por un senador norteamericano más malo que pegarle a la madre. Dos bandos se perfilan entre los mutantes: uno quiere destruir a la humanidad; el otro simplemente aspira a que ésta se acostumbre a ellos, aprenda a convivir con “lo diferente”. Hay un genio del Bien y un genio del Mal. El primero, como para subrayar lo bueno que es, anda en silla de ruedas. De hecho, todos los buenos tienen algún defecto, algún talón de Aquiles (o sea que se parecen bastante a los repulsivos humanos): hay un “buen salvaje” manos de tijera; una adolescente que no puede tocar a nadie sin extraerle la fuerza; también alguien que no puede andar sin sus mortíferos lentes colorados, que tiene la inmerecida suerte de ser el novio de Famke Janssen. Insólitamente, la película se pone de parte de esta banda de buenudos. También insólitamente, la lucha final es entre los mutantes buenos y los mutantes malos, en lugar de unirse contra la humanidad –como más de un personaje sensatamente sugiere–. El clímax va a darse en una conferencia de la ONU en Nueva York, donde el genio del Mal se propone destruir –o convertir a la “mutancia”– a los poderosos reunidos.
             Uno hace fuerza para que ganen los malos.

El texto de Claudio Ugarte lanza una invectiva contra los comics, pina sobre este género y expresa su punto de vista.

El objetivo principal es el consumidor de este tipo de textos. Ataca directamente al conjunto de fanáticos con una generalización extendida.

Su opinión está basada en un juicio de valor de ciertos hechos de los que aparentemente no participa.

EL texto se refuerza con argumentos que validen la propia opinión y punto de vista del tema. 

En este caso, la invectiva se profundiza comparando las acciones de esa cultura con una enfermedad y su metástasis.

Realiza una concesión cuando nombra a una actriz.

Puede leerse en esta sección un punto de partida, es decir, la verdadera razón porque realiza la invectiva. Su Juicio de valor crece, se profundiza y traza una gran brecha entre él y la comunidad de fans de los comics.

Retoma aquí el único punto de contacto que tiene con este universos y sus integrantes.

           Esta clase de textos suele aparecer en diarios y revistas donde distintos periodistas, escritores, políticos o pensadores exponen sus punto de vista y presentan sus opiniones acerca de distintas cuestiones de la realidad.

            Muchas veces, a partir de un texto publicado, un lector que no está de acuerdo con lo expresado en este escribe una nota de opinión o una carta de lectores donde refuta el punto de vista presentado. Para ello debe contra argumentar, es decir, tomar distintos argumentos y expresar lo contrario. Estas expresiones pueden ser sutiles mediante el uso de la ironía, o bien explicitas y directas como en el caso de la nota leída anteriormente. 

 

Las características de la nota de opinión

           Un mismo tema puede dar lugar a distintas formas de abordarlo o tratarlo. Si la intención es meramente informar, se puede utilizar el formato textual crónica o el formato noticia. En cambio, si lo que se quiere es formar opinión en los lectores, se escribe una nota de opinión. Como vimos, este tipo de publicaciones presenta una visión subjetiva de los acontecimientos a través del desarrollo de una serie de argumentos en favor de una determinada conclusión: «Uno hace fuerza para que ganen los malos», empelenado para tal fin los recursos léxicos, expresivos y gramaticales que ofrece la lengua.

          Los recursos que usualmente se emplean como marcas de subjetividad son

        * Adjetivos calificativos, por ejemplo: «perenne juvenilia».

        * Sustantivos que expresan subjetividad, por ejemplo: «Cuarentones y cincuentones disfrazados» (ambos aumentativos con connotación valorativa y despectiva).

         * Adverbios de modo, por ejemplo: «frase que describe magníficamente la parábola».

        * Verbos o frases verbales de opinión (creo, pienso, me parece que, y sinónimos), y, también, dependiendo del compromiso afectivo del escritor con el tema, algunos verbos de caracter afectivo (amod, odio, detesto), por ejemplo: «Detesto profundamente al comic, pero mucho más a los adultos que profesan el culto».

          La organización textual de las notas de opinión permite hacer reconocibles para el lector de que tipo de texto se trata. En este sentido el titular anticipa el tema que se desarrollará en el cuerpo principal, y el nombre del autor que firma el artículo aparece como referente de todas las marcas de subjetividad presentes, reconocibles a través de los recursos léxicos y gramaticales.

          Por otra parte, la trama argumentativa, está constituida por un punto de partida, una tesis o elección de una posición por parte de quien redacta y un cuerpo argumentativo

          Otro rasgo de las notas de opinión es que, generalmente, están relacionados con un artículo informativo presente en el medio de comunicación al que envía su nota. Entonces, quien crea la nota de opinión, expresa su análisis de dicho artículo y su pinto de vista u opinión al respecto.

          Estas notas, junto con otros formatos informativos, como los editoriales, ayudan a construir un conjunto de conocimientos y creencias compartidos por una sociedad o un grupo dentro de ella. El conjunto de periodistas o personas que firman estos artículos apelan a este conocimiento presupuesto y socialmente compartido para plantear sus opiniones personales y desarrollar sus argumentos  a favor de esa opinión. 

Se perdió el sentido del límite
20 de enero de 2022
Por Enrique Aguilar
PARA LA NACION

         En un discurso parlamentario pronunciado en enero de 1842, Alexis de Tocqueville se refirió críticamente a un rasgo extendido, a la sazón, en las costumbres políticas de Francia. Se trataba del afán por los cargos públicos, “objeto permanente de todas las ambiciones del país”, hecho que atribuía al deseo de ascender en la escala social por parte de una ciudadanía convertida en “un tropel de solicitantes”.

           Estas palabras revisten para nosotros una llamativa actualidad. Meses atrás, el Centro de Estudios en Comunicación Aplicada (Cecap) de la Universidad Austral difundió los resultados de una investigación que revela que “el Estado nacional continúa siendo el sector elegido por los argentinos para trabajar”. El estudio muestra que seis de cada diez argentinos prefieren un empleo en el sector público, dato que se vuelve más ostensible entre encuestados de menores recursos y jóvenes. Asimismo, el estudio consigna, como explicación recurrente, “la tranquilidad de no ser despedido” y el convencimiento de que “el Estado es una entidad que no puede quebrar”.

             La reciente modificación, por parte de la legislatura bonaerense, de la ley que limitaba las reelecciones indefinidas, nos aporta otro elemento de prueba. Sólo que, en este caso, a la afección por el cargo se suma el menoscabo institucional. En efecto, como escribió Nicolás Isola en La Nación, en virtud de la normativa aprobada “florecerán mil insfranes” con el aval incluso de legisladores de la oposición resueltos a dar la espalda a un electorado que demandó límites al poder y una mayor institucionalidad.

           Trascartón vino la escandalosa sesión del senado de la Nación que modificó la base imponible del impuesto a los bienes personales y provocó, entre otras reacciones, la alusión a la necesidad de una rebelión fiscal por parte del diputado Espert. Imagine el lector el escenario: una suerte de 125 urbana que haga frente a la avidez confiscatoria de nuestros gobernantes, sin exceptuar, por cierto, al gobierno de CABA que ahora se planta frente al consenso fiscal cuando apenas finalizadas las elecciones no vaciló en aumentar la presión tributaria al ajustar por inflación los peajes, la VTV, el estacionamiento medido y otros servicios mientras el común de los ciudadanos no ve ajustados sus ingresos según esa pauta. (Un regalito similar se nos había hecho a los porteños con la aprobación del impuesto de sellos a las compras y débitos por tarjetas de crédito, decisión que conspira contra el consumo, la bancarización, la economía en blanco y desde luego el bolsillo de los usuarios.)

         Entre otras evasivas, a la hora de justificar la sobrecarga impositiva y el incremento de empleo público no falta (cuándo no) la referencia al Estado como instrumento de desarrollo y transformación social. La expresión “recorte de gastos” parece ser ajena al vocabulario de quienes se escudan en ese argumento para seguir expandiendo una estructura y una plantilla que parecen fuera de toda proporción: funcionarios de distinto signo político que obviamente prefieren que el ajuste recaiga sobre el sector privado mientras dedican buena parte de su tiempo a diseñar nuevas e imaginativas formas de seguir esquilmándonos. En materia de gasto público, a nadie parece importar el principio de razonabilidad emanado del artículo 28 de nuestra Constitución, pues cotidianamente nuestros derechos se ven alterados por leyes que reglamentan su ejercicio. De este modo, el sector productivo, condenado a obedecer y pagar, termina asumiendo un sacrificio nunca compartido por el Estado en sus distintas jurisdicciones.

          Para hacer frente a estos desatinos, quizá nos haga falta una mejor y más acendrada “accountability societal” que complemente o aun revitalice el sistema de distribución y fiscalización recíproca de los poderes del Estado, consagrado también por nuestra carta magna, pero que a estas alturas ha demostrado ser insuficiente. El reclamo tendrá que provenir de la sociedad, de la acción pública de ciudadanos que hagan uso, por lo pronto, de su derecho de petición. Probablemente obtendríamos como resultado una democracia más lograda. Porque, como escribió Tocqueville, si bien la democracia no siempre da lugar al gobierno más eficiente, logra lo que éste no puede: “extiende por todo el cuerpo social una actividad inquieta, una fuerza sobreabundante y una energía que jamás existen sin ella y que, a poco favorables que sean las circunstancias, pueden engendrar maravillas”.

El titular que adelanta el tema y los datos de contexto de situación: Fecha y medio informativo.

Nombre del autor, referente de todas las expresiones subjetivas del texto.

El punto de partida histórico y un adelanto de lo que expresará la tesis.

Previa a la presentación de la tesis, se cita como autoridad, un estudio de importancia en el ámbito del tema que se trata.

Expresión de la Tesis referida a la falta de límites en las decisiones políticas que afectan a los habitantes de la nación. De ordinario, la Tesis se enuncia al inicio del texto junto con el punto de partida, pero no es obligación ubicarla allí.

Este párrafo se utiliza para mostrar ejemplos diversos que expresan la falta de límites que se experimentan en la cotidianeidad.

Al final del párrafo se expresa explícitamente la oposición entre las decisiones del estado un sector importante de la población. 

Consideramos que es importante porque lo nombra como víctima de las decisiones del Estado.

Último párrafo, generalmente contiene la conclusión. Aquí, el escritor presenta una alternativa al problema que se percibe. 

También hace responsables de esa alternativa a la sociedad, a los lectores de su nota de opinión.

          Una de las diferencias que se puede notar muy significativamente entre ambas notas de opinión es el tono que cada escritor ha dado a su texto, el primero es claramente emotivo y casi viceral, por la forma de adjetivar y relacionar negativamente sus experiencias. En el segundo, el tono es moderado, no realiza juicios de valor y se basa más en hechos que en impresiones. En ambos casos, la modalidad expresiva es distinta. Veamos, pues, a qué nos referimos con modalidad.